Una sinfonía de voces y sonidos

Una sinfonía de sonidos

Tormenta sobre Pardomino

La tecnología de los años 50 no permitía recuperar con facilidad  los sonidos y las voces. No conservamos ningún documento sonoro de esa época en nuestro pueblo, aunque sí muchas fotos. Pero la imaginación y la memoria nos van a permitir reconstruirlos para recuperar una vivencia global de esos años.  Un filósofo antiguo, Pitágoras, afirmaba que el universo, en el giro de sus esferas, emitía un sonido musical y armónico, que los instrumentos musicales (y también los números) eran capaces de imitar. Esos sonidos armónicos inaudibles son  lo que proporciona al silencio el atractivo turístico de nuestros valles y montañas. En otras ocasiones hemos dicho que la bóveda estrellada de una noche de invierno al fondo de un paisaje de total quietud y silencio bien vale una visita a Pallide.

Pero todo el valle ha estado poblado de voces y sonidos, que cambian con las estaciones, con el día y la noche y, sobre todo han cambiado con el tiempo. Vamos a intentar revivirlos con un esfuerzo de la imaginación convirtiendo el paisaje humano, animal y  vegetal de aquellos  años en una película con sonido estereofónico envolvente.

El paisaje no es mudo, se halla acompañado de multitud de sonidos naturales y artificiales. Y esto es especialmente detectable cuando la naturaleza se despereza. Recordamos las tormentas de verano y otoño, acompañadas de relámpagos y truenos que se multiplicaban en los valles con el eco que transmitía su  estruendo desde la peña  Lende hasta la Juan Bueno, sumergiendo a animales y personas en un terror innato a la aparición del rayo, cuyo chasquido era también audible en la forma de fogonazo cuando desgajaba un árbol, entraba en una cuadra  o desintegraba los Peñones Negros. Espectaculares eran estos sonidos en los valles cerrados como Remolina.

Durante el invierno, la nevada tranquila y silenciosa que repartía su nieve suave en las copas de los árboles o en los tejados se interrumpía a veces con vientos racheados, que llamábamos torvas, que amontonaban la nieve en las esquinas y  producían silbidos ensordecedores al  colarse por los resquicios de ventanas, cebaderos, caserones  y callejones.

las torvas

Por el contrario, por las noches, la naturaleza se paraliza en apariencia para llamar a un silencio monástico y reparador. Los esquilones de las novillas o de algunas vacas que dormían en el campo, el ladrido suelto de algún perro que cuida las ovejas o duerme en el portalón junto con sonidos animales como el chotacabras  interrumpen suavemente esta paz sonora. En tiempo de riego, el machaqueo del vecino que hace puerto o traza aguaduchos  con la azada y la pala pone el contrapunto humano a este silencio.  En muchas ordenanzas municipales, se prohíbe expresamente cualquier tipo de trabajo por la noche, posiblemente para evitar impunidad.

Otros sonidos quedan limitados al ámbito de la casa, cuando el vecino tiene que asistir a una vaca de parto o enferma, a una camada de cerdos demasiado numerosa para las contadas tetas de la madre o hay que velar la noche de un enfermo o de un niño.

fiesta de santiago

Y los animales que acompañan al humano en toda su vida, también se hacen presentes con sus sonidos. Al llegar la tarde, las veceras de ovejas y corderos que llegan de pasar el día en el campo consecutivamente se buscan con una melodía de balidos maternales y filiales. Lo mismo sucede con las vacas paridas que llegan de su becera o de los entrepanes, urgidas por la necesidad de que le vacíen las ubres. La verdad es que las vacas son animales pacientes, poco emotivos y silenciosos, pero su potente bramido  llena intermitentemente el campo del pueblo.

Pero el sonido de los animales es muy variado y heterogéneo: en él se mezclan la necesidad de comunicarse, con la llamada maternal o conyugal, el aviso de un peligro o la agresividad de una lucha. Los amaneceres fríos de noviembre nos sorprendían con el alarido mortal del cerdo que lucha por librarse del cuchillo del matarife. Los despertares mañaneros son marcados por el canto simultáneo de unos treinta gallos, cada uno desde un corral diferente. Sus compañeras las gallinas acompañan con el cocleo la actividad de sus polluelos o nos indican con el kiriki que acaban de poner un huevo.

Picando la guadaña

El burro, solitario en la cuadra o aburrido en el campo, rebuzna de forma reiterativa, para buscar compañía, para protestar por la carga excesiva o simplemente para hacerse notar. Y en los veranos y otoño, los enjambres de moscas, ronronean pesadamente en nuestros oídos en la casa y cerca de los muladares o de los animales. Las cercanas y trabajadoras abejas o los moscardones florales completan esta  sinfonía de insectos voladores

El sonido de los animales que comparten el valle con los humanos es muy variado. En las noches en las que  amenaza lluvia, el campaneo rítmico del canto de los sapos nos adelanta el acontecimiento. Siempre me admiró que un sonido de timbre tan sutil procediera de animales de aspecto tan vulgar. Al final de la primavera el cántico melódico y repetitivo de la codorniz y el más áspero de la perdiz rubia nos indicaban su presencia en la hierba o el trigo, algunas veces interrumpida trágicamente por la guadaña o la segadora.

Al atardecer, las manadas de grajos que se juntan para volver  sus guaridas nocturnas llenan el crepúsculo, junto con el monótono cri cri de los grillos vagos en sus madrigueras y el croar de las ranas cerca del río. Al amanecer el cuco ladrón de huevos ajenos acompaña con su sonido repetitivo la salida del sol y la llegada de las vacas a su comida de mañana.

la Hacendera

También es muy variado el sonido que acompaña la actividad de los humanos.  Las voces del concejo que se reúne de vez en cuando para debatir cuestiones de convivencia, que se mantienen generalmente a nivel de debate civilizado y que llega a riñas de altos decibelios cuando el ambiente se tensa. Esos desencuentros que se producen con cierta intermitencia  en pueblos pequeños son producidos fundamentalmente por la presión del trabajo y la dureza de la coexistencia y que tienen como causa próxima puras razones de supervivencia: el agua de riego, los mojones o el ganado que tiene una tendencia inexplicable a  pastar en finca ajena. A veces, como si fueran sesiones preparatorias a los concejos, los intercambios de pareceres en voz alta pueden oírse en la Barrera.Princess Mononoke live streaming film

Muchos de los sonidos y voces del pueblo tienen que ver con la Iglesia. Las campanas que llenan con su sonido todo el valle pueden llamar a misa o al rosario cuando tocan solas; a misa mayor o a fiesta cuando repican juntas; a muerto, cuando su cadencia es lenta y fúnebre; a hacendera, a salir los carros para la leña, las vacas a entrepanes o a concejo cuando toca la campanina sola.  Dentro de la Iglesia, los cantos fúnebres de las misas de difuntos dirigidos por Pepe el cartero, Cándido, Alfredo; los cánticos de las procesiones y rogativas que recorren el pueblo en las fiestas religiosas; los responsos que despiden al muerto en el cementerio; los cantares infantiles  a la Virgen del mes de mayo; el cántico de las mozas que despide el carro del día de Reyes; el traqueteo de las carracas la noche de Viernes Santo; la campanilla que antecede en la calle el paso del viático al moribundo. Y las expresiones y el llanto del dolor y de la muerte, hoy limitadas por un cierto pudor social, se manifestaban entonces de formas desinhibidas y  extremadas. También los primeros lloros de los recién nacidos llenaron durante generaciones  las frías habitaciones de las casas antes de que las madres cambiaran la asistencia de vecinas expertas por las más segura pero impersonal de los hospitales.

Cascada de la fuente de la perdiz

Otros sonidos se originan en el trabajo humano. Los sonidos que acompañan a las herramientas en la diversidad de labores de mantenimiento que constantemente se realizan en las casas. El serrote, la azuela, el martillo, el tronzador, el hacha o el azadón y la maza se convierten en música laboral durante todo el año. En el molino el ruido ensordecedor del rodezno que mueve la dos pesadas ruedas a través de complejos engranajes es tan reiterativo que produce un sueño reparador solo interrumpido cuando el ritmo cannsino indica avería o final de tarea.

Durante el verano pueden oírse el silbante sonido de la guadaña al tronzar la hierba, el golpeteo repicante del martillo y el yunque al picar el corte  y el rítmico deslizamiento de la piedra de afilar sobre el filo de la guadaña tan sutil que puede acertarse sin verlo si el segador afila apoyando en la rodilla o sobre el suelo.

Y las voces y sonidos puramente humanos. Durante el día, el pastor de las vacas, el que conduce lentamente su pareja de vacas o el que está subido al  trillo suelen cantar curiosamente asturianadas y coplas del momento. Recuerdo a Pepe, Cándido, Fernando, tío Fausto, Alfredo. Una costumbre muy típica para acompañar el aburrido  trabajo es el silbar esas mismas canciones. El silbo se utiliza también para llamar a los perros o a otros animales, que lo reconocen de inmediato  así como para indicar desde lejos que algún vecino ha dejado entrar las vacas en finca ajena.  Y los niños, en primavera, haciendo sudar a las ramas tiernas de árbol, construiamos unos silbatos de cierta complejidad.  Recordamos también, por repetidas,  las voces reiterativas que acompañan  la constante colaboración del ganado: “arre, so, jo, entra al corro, cela, vamos, adentro, fuera…….” Que, a veces, cuando la paciencia se agota, se mezclan con invocaciones angustiosas e insultantes a Dios o a los santos.

Machorras 2011

Otros sonidos humanos para comunicarse con los animales no eran vocalizados. Así a las ovejas se las llamaba rotando con rapidez la lengua. “lrlrlrlrlrlrlr”; a las gallinas: pita, pita, pio para atraerlas u os para alejarlas. A los cerdos se les anunciaba la comida chascando la lengua con el paladar: tch,tch,tch. Incluso el torero acompañaba y apoyaba el acto reproductivo del toro con sonidos guturales. El afilador, generalmente gallego, avisaba su presencia a través de un silbo melódico que conseguía  con una pequeña pieza de aire que soplaba en ritmo de escala ascendente y descendente.

Sería casi imposible datar todos los sonidos que acompañaban la actividad diaria del pueblo. Pero vamos a añadir algunos menos corrientes pero que formaron parte del paisaje auditivo del momento. Se me ocurren tres. El  primero es el sonido de los motores que, desde el castillete de los Picones, llevaban los baldes de la bocamina hasta el Cargue. Durante años el ruido del motor y el roce metálico de los baldes sobre los cables acompañaron el trabajo de los que laboraban tras la Cuidadiella.

El segundo fue el sonido de la pólvora y la dinamita. En las fiestas de Santiago, los cohetes y petardos anunciaban y acompañaban la fiesta con su música en la era o en los pasacalles y ponían en fuga y refugio a los perros. Cuando las casas se hacían a mano y la piedra se arrancaba de las canteras, el sonido y los golpes de la maza sobre la barrena horadando la piedra, anticipaba el estallido de los cartuchos de dinamita que partían las piedras. Durante el mes de agosto y en las temporadas de caza, la estampida de los cartuchos de pólvora de los cazadores  ponía en alerta a los animales del campo.

El tercero se producía cuando la reina de las colmenas se empeñaba en salirse para buscar y fundar una nueva colmena en un árbol o hueco de pared. El dueño, con una máquina de humo y repicando con cucharas en cazuelas y sartenes vacíos, las hacía regresar a su origen.

Pero ya en los años 50 los mayores hablaban de sonidos desaparecidos. El más citado era el de los carros con ruedas de madera ( sucesores de los forcados), engrasados con unto en los ejes, que emitían un sonido agudo al disminuir  el engrase. La salida masiva de estos carros debía ser un espectáculo sonoro importante. El ruido de las ruedas de madera se convirtió en el metálico de las de hierro sobre las piedras y el ruido de aquellas en el imperceptible deslizamiento de las ruedas de goma. Otro sonido perdido en el campo era el de la becera de cerdos, con sus gruñidos a coro, que más tarde se refugió en el cubil de cada casa.

Uno más había sido la elaboración de los cuelmos, que se golpeaban sobre una superficie de madera para eliminar el grano o el de los garbanzos, titos y lentejas al girar sobre la red metálica de la ceranda. A este mismo mundo del grano pertenecían también los ruidos repetitivos de los cuatro molinos instalados en el río y que no cesaban de moler hasta que el agua perdía fuerza.

Y así fueron desapareciendo, con el desarrollo, unos sonidos y apareciendo otros nuevos: el ruido del tractor omnipresente, las empacadoras, las máquinas de los rollos, la TV, los coches, las sierras mecánicas, las ordeñadoras, la discoteca ambulante, la hormigonera y la grúa, el mp3,…………el timbre de las casas que sustituyó al picaporte. Dejaron de oírse los sonidos de los gallos, los cerdos, los burros, las guadañas, las carracas, las  voces de “entra al corro”, las asturianadas, la campanina, la gramola de cuerda, la dinamita y hasta el croar de las ranas en el río.

Mas machorras 2011

Desapareció el sonido del turullo, cuerno con el que se anunciaba la salida de la becera de ovejas, dejó de sentirse el susurro del agua cayendo lentamente en el caldero de la canal o del fontano. Ya no se oye el aullido invernal del lobo, ni los cánticos y recitaciones de los niños en la escuela, ni el traqueteo de las madreñas en las piedras de la calle.  Lo que sigue igual es el silvo veloz de los vencejos, el maullar frenético de los gatos en febrero, sin dueño ya,  y la algarabía de las golondrinas que, año tras año durante siglos, vuelven a construir el mismo nido todos los años derribado. Todo un símbolo.

Y, finalmente, el sonido de las fiestas. Desde las Eras llegaba el sonido de la orquesta de tío Macario o de Ojos Bonitos. Impresionaba escuchar por la noche desde casa las canciones de moda del momento. Los cohetes de la verbena, los petardos de los niños, el alegre despertar de las dianas animaban la dura vida durante unos días. Los más antiguos recordaban el sonido de la gramola manual en los bailes de los portalones.  Voces de trabajo y de fiesta, sonidos de animales y de herramientas, gritos de dolor y de alegría, susurros de comunicación e intimidad,  interjecciones de angustia o de súplica,  acústica de la gran diversidad de la vida de un pueblo.

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