Un lugar para morir

Un lugar para morir

Entierro Conde Orgaz. El Greco.

La muerte y los cementerios

Quizás en ninguna parte como en el campo sea tan evidente e insoslayable el ciclo en el que se desarrolla la existencia: nacer, crecer, reproducirse y morir. Un ciclo inevitable y natural para los seres vivos, aunque con un final angustioso para el hombre porque sólo él con su inteligencia previsora lo espera desde que tiene uso de razón, lo teme y lo vive dramáticamente en los otros antes de que le suceda personalmente. Como afirmaba un pensador famoso, se trata de un temor absurdo, puesto que nunca nos encontraremos con la muerte: “cuando ella está, no estamos nosotros; cuando estamos nosotros, ella no está”. No sé si esto te consuela.

Los historiadores y los filósofos de la historia dicen que también el ciclo existencial se produce en los pueblos y civilizaciones y así lo atestigua la historia con múltiples ejemplos, como el Imperio Romano: nacimiento, esplendor y decadencia. Incluso hay quien atribuye a este ciclo una necesidad inevitable y lo interpreta como una señal de aviso para los políticos y líderes sociales.

Dejando a un lado estas reflexiones filosóficas ( deformación profesional), nos vamos a acercar con respeto y nostalgia a esta experiencia vital de nuestro pueblo.

La muerte

Incluso un fenómeno tan vital y universal como la muerte  ha cambiado de perspectiva y de costumbres en estos años sobre los que escribo.  Al comienzo del siglo pasado y durante muchos años el momento final se vivía generalmente en la casa en la que se había nacido, junto a toda la familia, incluidos los niños. Las ceremonias y expresiones de dolor que se producen en ese momento eran compartidas por todo el pueblo. Morir en la casa donde se ha nacido. Un privilegio que no tendremos los que hemos tenido que abandonar durante los últimos años esa casa; será siempre un “morir lejos de casa”.

En estos años de  catolicismo social, la muerte, como todos los momentos de la existencia, tenían su correspondiente tratamiento religioso. Cuando el enfermo entraba en su etapa terminal, previas visitas del sacerdote, se le administraba el sacramento de la extremaunción. El sacerdote, revestido de estola y sobrepelliz, acompañado de un monaguillo con el hisopo y haciendo sonar una campanilla, se acercaba a la casa y allí celebraba el sacramento en compañía de la familia y amigos del enfermo. Lo esencial de esta ceremonia era la unción del enfermo con un ungüento bendito, reservado en la Iglesia desde el día de Viernes Santo, los santos óleos.

El luto, signo de duelo

Durante el desarrollo de la enfermedad era muy frecuente que vecinos y, sobre todo mujeres de la cofradía de ánimas acompañasen al enfermo y orasen con él. Cuando se tenía noticia del desenlace, las campanas “tocaban muerto”, con un toque que todos los que estabamos en el campo identificábamos, santiguándonos.

Una vez fallecido, la misma familia y miembros de la “cofradía de ánimas”, amortajaban al difunto en la habitación más fresca de la casa. Allí, esperando el ataud que venía de Boñar, le acompañaban durante las 24 horas preceptivas. Los familiares recibían la visita de todos los vecinos del pueblo participando en el duelo, rezando el rosario y compartiendo anécdotas y recuerdos, adobados con algún refrigerio, cortesía  de la familia.

Desde la casa y a hombros de familia y vecinos, se llevaba el féretro , acompañado por todo el pueblo y visitantes de pueblos limítrofes, que acudían en masa al entierro, hasta la Iglesia. Tristemente, casi los únicos días en los que el pueblo y la Iglesia se llenaban a tope de forasteros, era en los entierros. Allí se celebraba una misa de difuntos oficiada por tres sacerdotes revestidos de ternos negros. Vecinos, como Pepe o Alfredo, con una voz potente, cantaban en  latín el canto gregoriano del “Dies ira dies irae” y el “Réquiem aeternam”. Se despedía al féretro con una ceremonia plagada de “responsos” u oraciones pidiendo el perdón divino y, todos juntos en procesión, al cementerio. Allí, otra vez los responsos, la bendición de la sepultura y el enterramiento por inhumación. En invierno o en tiempo húmedo la fosa y su cobertura resultaba complicada al tiempo que impresionaba. Una cruz en el suelo señalaba el lugar rotatorio de la fosa, compartida durante siglos por otros vecinos. Mas tarde, se colocaba una lápida. Hoy casi todas han desaparecido o se han borrado.Haciendo un cálculo estadístico aproximado unas 10.000 personas habrán vivido y muerto en Pallide en toda su historia y casi todas han compartido algún cementerio

El cielo, lugar ideal de felicidad en el más allá

Al día siguiente se celebraba una misa solemne que era el comienzo de una serie de ellas, de acuerdo con la voluntad del difunto. Todos los vecinos tenemos en casa testamentos de esa época. Si sentimos la curiosidad de leerlos  comprobaremos el detalle de las hijuelas y también la costumbre de distribuir el día del entierro pan y queso a los pobres, de proveer de aceite a lámparas y de cera a  las velas y cirios , así como “mandar” a costa de la herencia una serie de misas para lograr que el alma del difunto, posiblemente en el purgatorio, alcanzara su cielo definitivo, según las creencias del cristianismo. Una de estas misas, más solemne, era  la de “caudeaño”, celebrada al año justo de la  muerte.

Una significativa costumbre que quiere expresar la tristeza de la pérdida definitiva era la existencia del “luto”: las mujeres de la familia  se vestían durante un año de negro, no se escuchaba música  en casa ni se celebraban fiestas hasta que el “luto no se rompiera”. Todo ello intercalado con visitas al cementerio, tan cercano a todas las casas.

Estas tradiciones y usos de la  muerte, difieren de los actuales, en una sociedad que intenta desdramatizar y alejar la muerte de los vivos como algo molesto. La muerte por enfermedad se ha trasladado a los hospitales, la visión religiosa ha decaído o desaparecido, el velatorio íntimo en la casa se ha sustituido por el frío y burocrático tanatorio, el traslado a hombros por el coche fúnebre, han aparecido otras formas de enterramiento como la incineración y se han homogeneizado los usos y costumbres alrededor  la muerte entre la ciudad y los pueblos y entre culturas muy diferentes.

El cementerio de personas

Durante siglos la iglesia y sus alrededores fueron el lugar de enterramiento. La lápida que está en el atrio de la Iglesia era lápida de una tumba situada a la misma entrada. Los nobles y ricos, cerca del altar o a la entrada; los pobres en el suelo o los alrededores. Más tarde se construyeron cementerios. Los huesos centenarios de la iglesia se enterraron en una fosa común al reformar la Iglesia el año 1956.  No sé qué antigüedad puede tener el cementerio actual, pero posiblemente date del XIX. Las lápidas legibles más antiguas son de comienzos de siglo.  En los años setenta se construyeron los nichos actuales y también esos años se arreglaron los muros y se plantaron árboles para mejorar unas instalaciones que tradicionalmente estaban bastante descuidadas ( a diferencia de otras  zonas de la provincia).

Lápida funeraria entrada de ola Iglesia. Pallide

También se tienen noticias de posibles enterramientos en las dos ermitas construídas fuera del pueblo: la de San Felices y la de San Justo. Algunos nombres como Collado de los Muertos, sugieren también enterramientos de monasterios o ermitas en Pardomino.

El cementerio de animales.

También los animales tuvieron su cementerio que, para diferenciarlo del humano, se llamaba “enterradero”. Estaba situado en el mismo paso de Entrepeñas, al lado mismo del río  cerrado con una pared, cuyos restos pueden verse hoy. Algún tiempo, el pozo de la mina del Cargue o el pozo de los Picones sirvieron de ocasional enterramiento animal. El campo abierto, los buitres, urracas, cuervos e insectos fueron los enterradores más frecuentes.  El mal de las vacas locas y las normas de higiene de la CEE, obliga a dar cuenta de las reses muertas para que sean conducidas a un incinerador, para desesperación de los animales  carroñeros. Las grajeras de  peña Loja y Remolina estaban llenas de huesos originados en aquellos festines animales..

El final

Es un símbolo de la sensibilidad de un pueblo el  respeto a los muertos, el mantenimiento de los ritos tradicionales que rodean la muerte y el cuidado de sus lugares de reposo; así lo ha sido siempre en la historia de la humanidad.  La persistencia milenaria de estos ritos muestra no sólo creencias y diferencias culturales sino su papel como símbolos de cohesión social y de la voluntad de permanencia más allá de la muerte.  Pero en los pueblos actuales, la muerte tiene la amarga connotación de que no es solo la muerte de una persona, es parte de la muerte de un pueblo.

No existe una generación que, como e los siglos anteriores, sirva de repuesto a los que se van y recoja el testigo de los que ya han hecho todo el esfuerzo exigible. Creo que todos percibíamos este drama añadido a la pérdida personal, en los entierros de los últimos años. A pesar de todo, la vida continúa, porque los pueblos, a diferencia de las personas, pueden resucitar y de hecho así ha sucedido muchas veces en estos cientos de miles de años que los seres humanos llevamos naciendo y muriendo sobre la  tierra.

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