Rincones de vida 4

El Molino

El pantano del Porma. Pallide al fondo

El molino es uno de mis rincones preferidos. Al molino están unidos muchos y buenos recuerdos personales. Pero también ha sido un lugar de referencia para los vecinos ya mayores. Durante los años cuarenta y cincuenta era una visita obligada varias veces al año.

A comienzos del siglo anterior había varios molinos, hasta cuatro. Desde los cuarenta quedaba sólo uno en el valle. El más cercano estaba en Armada.movie King Arthur: Legend of the Sword 2017 download

Como casi todos los rincones, se ha transformado con el tiempo. En los años 40 estaba formado por un edificio que albergaba el molino propiamente dicho, un portalón corrido en su parte Norte y una casa con tenada y cuadra, detrás de la cual había un huerto. Allí vivió mi abuelo Manuel, su esposa Ángela y allí nacieron mis padres y mis tíos paternos.

A finales de los cuarenta, un incendio arrasó la casa y cuadra, de los que se conservaron varios años las paredes y restos de la cuadra. Después del incendio, la familia se trasladó al pueblo.

Originalmente el complejo del molino se iniciaba en un puerto de piedra situado en el paso al Soto, que controlaba mediante una compuerta de hierro y madera la represa del agua para que aumentara su fuerza. Desde allí partía una presa, bajo un puente y una segunda compuerta que llegaba hasta los muros del molino. La presa, con dos bordes elevados en los que se cultivaban buenos ciruelos verdes y cerezas, mantenía la elevación del agua.  Cada año, en septiembre, había que limpiarla con palas para sacar la arena y mantener los bordes.

El edificio del molino se conserva hoy prácticamente. El agua entraba al edificio a través de una compuerta de hierro que se manejaba desde el interior. De allí descendía con fuerza hasta el rodezno, que movía el eje de las ruedas. Desde el rodezno desaguaba por una abertura en arco, que hoy se conserva, de nuevo al río, en la entrada a las fincas del Cubo.

En su interior se estructuraba con los aparatos clásicos. Una rueda dentada que procedía del eje del rodezno, que transmitía movimiento a dos ruedas dentadas que movían los dos pares de piedras naturales, que hoy adornan la entrada de la finca y el bar y casa rural…

Dos tobas recogían el grano que iba bajando a las ruedas molientes y de allí a dos grandes arcones, en los que se acumulaba antes de pasar a los sacos. Cuando será harina para pan, una cinta con cazoletas subía la harina molida hasta el Cernedor de seda, en el que se separaba la cáscara. De allí la harina panificadora caía en costales colgados del techo.

Aprovechando la fuerza motriz funcionaba también un esmeril para afilar y durante un tiempo un  generador de corriente eléctrica pequeño. Y un pequeño taller casero en el que mi tío Francisco arreglaba cacharros del pueblo como mecheros, navajas, relojes. Completaba la decoración una báscula y una acogedora chimenea, que hacía soportables las duras noches de invierno.

Cuando llegaba septiembre, las primeras tormentas hacían crecer el río, que se secaba totalmente durante el verano. Y comenzaba la molienda, casi todo el año las 24 horas del día o según la disponibilidad de agua.

Los vecinos del valle bajaban en burros o en carretas de bueyes, la cosecha para ser molida. Allí esperaban hasta la terminación de la molienda… En los años sesenta, al disminuir la superficie de siembra, se traía en camiones pienso de León, se molía y se distribuía con un burro y un carrito a los clientes. Un cuaderno amplio reflejaba con detalle la contabilidad de las entregas, de los pagos y de la propiedad de los sacos. Ya había morosos en esos tiempos.

No se cobraba dinero por la molienda, sino que el molinero se quedaba con la “maquila”, un porcentaje del peso molido. Esta forma de pago, tan fácil de manipular, hacía que los molineros tuvieran fama inmerecida de sisadores.

En épocas de abundancia de agua, el molino funcionaba las 24 horas, incluso por el invierno y con nieve. Cuando se helaba el rodezno, se derretía el hielo con unos potentes lanzallamas.

El molino estaba rodeado de una finca verde y cerca del mismo, manaban y manan unas cinco fuentes, muy cercanas al lecho del río. Un río truchero. Las truchas eran pescadas en la misma compuerta interior con el rejaque o, cuando el agua se cerraba con la compuerta, podían cogerse en seco y a docenas  a la salida del rodezno. Miles de kilos que fueron durante años para casa, para la fiesta de Santiago, para algunos vecinos y clientes e incluso para los guardias civiles que tenían en el molino una parada ombligada.  Un río truchero….quien lo diría.

La decadencia del molino se produce al iniciar el amasado de pan en Vegamian, donde se entregaba la harina a cambio de las hogazas, lo cual evitaba el duro trabajo del amasado en casa. Al tiempo, se fue abandonando la siembra de cereales hasta desaparecer. Y con ello el molino se transformó en este rincón que hoy podemos  visitar rodeado de una impresionante chopera, plantada en los años cincuenta.

Los que bajaban y subían del coche de línea en Armada o Vegamian, los que pastoreábamos las vacas por la zona, los clientes del molino llenaban constantemente de vida y bullicio este rincón en el que los vecinos de Primajas, Reyero, Pallide y Viego llenaban el tiempo de espera con largas conversaciones “internacionales”.

Las cuartas

Los entrepanes

Como su mismo nombre indica, se llamaba así a los trozos de terreno común que estaban rodeados o límitados de huertos o siembras de cereales. Durante la primavera eran lugares acotados y se abrían cuando la junta decidía, generalmente a mediados de junio. Son terrenos de la Bargaña, Los Nasos, los diferentes ejidos (de Remolina, de la puente…).

Había diversas formas de guardar las vacas: las veceras comunes, las fincas particulares, los comunes abiertos o los entrepanes.  Para salir a entrepanes se tocaba la campanina y todos los vecinos, cada uno con sus propias vacas, se dirigían en masa a la zona abierta de entrepanes: la puente, la Bargaña,…. Allí se distribuían por zonas de acuerdo con la hora de llegada. Las vacas se mezclaban en un desorden ordenado y las más agresivas aprovechaban para cornear a las más tímidas. Varias se quedaban mochas en estas luchas. Cuando ya se estabilizaban en cada rincón, cosa que era complicado tratándose de cientos de animales, los pastores nos juntábamos con los más próximos y nos disponíamos a pasar la jornada hasta volver a casa.

Mientras tanto se mantenían a raya los animales con los perros, con alguna paliza con la vara o hijada  o, las más respetuosas, con la simple mirada del dueño. Cada dueño tenía una  cierta querencia por su lugar en cada uno de los entrepanes.

La tarde trascurría entre conversaciones, exploraciones  hacia el río o las peñas, luchas más o menos serias, juegos a clavar la navaja o la estaca, y las mujeres generalmente aprovechando para coser y remendar. Algunos leían una de las revistas de mayor difusión en el mundo rural: “El pan de los pobres” y una publicación que se llamaba “El Santo”, sobre San Antonio y sus milagros. Las parroquias canalizaban estas lecturas.

Y todos sacábamos la merienda: pan, chorizo o jamón, huevo cocido, queso….. y dabamos buena cuenta de ella.

Eran los entrepanes otra de las formas colectivas de trabajo, que hacian posible la comunicación, la cooperación en un mundo agrícola que, inevitablemente, se encuentra más a gusto en su propiedad individual: su casa, su corte, su cuadra, su finca.

Una vez más me sorprende cómo cientos de animales podían pasar tardes enteras en entrepanes tan cerrados y limitados como La Puente o la Bargaña. Es claro que comían menos y lo comían todo.   Por otra parte el control de los comunes, cerrados durante tiempo, fue una de las estrategias que hicieron posible un aprovechamiento óptimo e igualitario de los lugares de pastos. Nadie podía aprovechar esas zonas mientras estaban cerradas y, cuando había que atravesarlas con animales, era necesario uncirlos con unos yugos muy ligeros y ponerles bozal.

Hoy ya no existen los entrepanes simplemente porque los “panes” ya no existen.

El tractorin de Tomás

3 opiniones en “Rincones de vida 4”

  1. Observar esta foto de la entrada de Pallide con el camino alineado, tanto como leer las plabras acerca del trabajo de la tierra con ruidos mutados por herramientas modernas, es recordar a abuelo Francisco, hermano de Froilán Hurtado, quien en el año 1912 viniera desde Pallide a Argentina.
    Es comprobar que pese al tiempo transcurrido y el cambio de siglo, cuan cerca pueden estar dos mundos que parecían tan lejanos en tiempo y espacio. Cuantos recuerdos tenemos en común de compartidos aromas, ruidos, sabores, pasisajes, costumbres y leyendas.
    Abuelo también aquí fue agricultor ganadero por amor a la tierra. Él me llevaba de niña a recorrer los sembrados y me daba a gustar el sabor de la alfalfa y de la manzanilla. Recorríamos los campos de lino que eran como un mar sereno de otoño. Las espigas de trigo se mecían al viento y los girasoles miraban al sol. De cada cereal sembrado traíamos un fruto recogido con las manos. La guadaña estaba en el galpón, junto a la azada y el rastrillo, la tijera de podar y la de esquila. Los chorizos conservados en grasa del cerdo faenado en fiesta dominical de familia, daban un aroma particular junto a los jamones colgados entemezclados con choclos y espigas para secar.
    Lejos estaba yo, en ese entonces, de comprender que eran las profundas raíces de Pallide. Ni siquiera tenía la dimensión del tiempo que me da la madurez, para comprender todo esto en su belleza.
    Hoy sé que conservo tesoros que nutren el presente.

    Un cariñoso saludo a ti, que haces posible esta comunicación, y a toda la hermosa gente de Pallide.

    Anahi, nieta de Francisco Hurtado, prima de Diana.

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