Rincones de la vida 2


VISTA DEL PANTANO. Peña de Utrero

El chozo de Marciano

Exactamente se  levantaba encima de los portales y caseta actuales, al otro lado del río, en la cima de un promontorio rocoso rematada por una pradera inclinada desde el borde del camino que, pasando por Pradera Cepa, sube a enlazar, bordeando la mata del Espino, con el antiguo camino a Linares.

Muy cerca del lugar, la fría fuente del Pastor servía a las necesidades de los habitantes del chozo, sigue hoy manando y sus aguas se filtran en abundantes llamargos antes de llegar al reguero de Remolina cruzando a su vez el camino que se dirige hacia los Valles. Hoy la fuente, siempre preparada con una teja para recoger el agua, se ha difuminado en el llamargo.

Todavía hoy unas piedras ordenadas en círculo señalan la base del chozo que podría tener siglos de existencia. En los años cuarenta el chozo se apoyaba en una pared circular de piedra colocada sin barro ni argamasa. La entrada al interior se realizaba por una puerta, flanqueada por dos piedras más grandes y planas y un elemental dintel, también de piedra. La anchura y altura de la entrada solo permitía el acceso, agachándose. Dentro, distribuido en semicírculo, un asiento corrido servía de sillas y de cama. El tejado cónico del chozo estaba formado por palos de roble que se recogían en el techo, dejando un breve agujero. Trenzados a esos palos verticales, otros horizontales fajaban el tejado. Al exterior, piornos, escobas y helechos formaban una techumbre muy inclinada y resistente a las lluvias. Todos los años, en el mes de abril, una hacendera reparaba la techumbre dañada por el peso de la nieve en invierno. La única luz entraba por la puerta, de madera, o por la salida del humo en el vértice del techo.

Colgados por el interior del techo abundaban cabijos y enganches donde se colocaban los enseres de la casa: vasijas, cestos, orégano, ropas. En el centro, la lumbre y la trébede para cocinar. Se comía sentado con la cazuela sobre las rodillas. La parte del asiento que hacía de silla de día se convertía en cama de noche.

Al mismo lado del chozo, también sobre pared y portillo, otro edificio, con tejado bajo y alargado de escoba, de una decena de metros cuadrados, hacía el papel de trastero y bodega A unos metros de la construcción y en la pradera inclinada, un corral formado por  algunas piedras, palos y espinos amparaba a las merinas cuando se juntaban. Al lado siempre vigilantes, unos mastines. Y cerca, los burros para llevar la carga.

Todos los años en junio realizaba la trashumancia un rebaño de  centenares de ovejas merinas, que pastaba por el puerto de Remolina y la parte de Linares correspondiente a Pallide. Y el pastor, que yo conocí, se llamaba Marciano, que subía desde Extremadura con su mujer, su suegra y creo que dos hijos. Antes habían realizado ese viaje otros muchos.

Durante todo el verano Remolina era tierra habitada. Bajaban al pueblo a hacer el pan, en el horno de Melquíades, a comprar a los comerciantes que subían de Vegamian y algunas veces a misa. Alguno de sus hijos hizo la comunión con nosotros.

El resto del tiempo en el monte, con las múltiples tareas que llevaba conservar un rebaño y vivir en un chozo incómodo. Compartían la vida con los pastores de las novillas, que teníamos la caseta a unos 200 metros, ya al otro lado del río y cerca de los portales. Siempre había unas siete personas viviendo establemente por allí, además de los pastores de vacas que subían a los pacederos de Remolina, a segar en Pradera Cepa o a recolectar el trigo y centeno en agosto.

Marciano madrugaba, sacaba las merinas del redil y las careaba por alguno de los rincones de Remolina. Al mediodía sesteaban en algunos de los sextiles que había por todo el pago y por la noche volvían al redil.  Durante el tiempo de siesta atendía múltiples tareas: remendar  botas o enseres, atender a alguna merina o cordero que había quedado en casa, reparar la cerca, bajar a Pallide por compras, folgar varas o porracas con la navaja…. Por la noche solía contar con la presencia de los pastores de las novillas que subíamos desde la caseta al chozo a compartir café, que traía de Portugal, y conversación dentro del chozo o en dos poyos que estaban afuera.

Ellos contaban historias de su estancia dura en Extremadura y, sobre todo, de su viaje por alguna de las cañadas que le conducían a León, mucho de él realizado a pie al ritmo del paso de las merinas y del sonido de sus cencerros. Los cencerros de las novillas que dormitaban en los portales o en lo bajero de los Valles, la bóveda estrellada  de la noche y el silencio fueron compañeros muchas noches de casi todos los vecinos mayores de Pallide.

Aunque volvían de fuera todos los años hasta la década de lo sesenta, se incorporaban al pueblo, que también les apoyaba en su duro trabajo. A veces me pregunto cómo un rebaño de cientos de ovejas podía compartir sin roces el pasto con novillas y ovejas de Pallide en un terreno que excluía los actuales pacederos particulares de remolina. Puede ser que pasara como con las personas: El ganado de entonces comía menos, aprovechaba más y se conformaba con menos.

Cuando paséis cerca de las piedras del chozo, hoy cubiertas de musgo y deslavazadas, pensad que allí hubo gente, vida y trabajo. Los que sois mayores, ya bastante mayores, recuperad la memoria de la trashumancia, una metáfora de la emigración, que ya no volverá. Tratad de imaginar una existencia semejante e invariable a la que llevaron los hombres desde que se inventó el pastoreo, en el Neolítico, hace más de cinco mil años.

El cargue

cARRO EN PORTALÓN. Manuel
El equipo de Pallide


Durante la década de los 50 se iniciaron las minas en Pallide, explotadas por una empresa que dirigía Población, alcalde de Boñar. Este trabajo supuso obras de camino para los camiones desde Armada hasta la bocamina en Tresmonte.

Pero ahora voy a referirme al cargue. Era un castillete de madera de unos cinco metros de altura, apoyado sobre cuatro grandes postes y coronado por una caseta también de madera a la que se subía por una escalera exterior, con barandilla de troncos.

Bajo él se abría un profundo pozo que se secaba con una bomba. De su parte baja partía una excavación horizontal que pretendía llegar desde abajo hasta las calas profundas de Tresmonte.

Alrededor del cargue, situado muy cerca del prado del toro de Tras la Cudiadiella, se extendía una enorme escombrera donde se lavaba algo de carbón de la mina y se colocaban las estructuras de madera y ladrillo para cargar los camiones. De ahí su nombre.  De la parte de abajo del castillete, pasando por dos ruedas gigantescas salían tres cables que subían hasta la boca de la mina situada en Tresmonte. Dos cables sujetaban unos baldes y otro les servía de tracción. Durante horas bajaban cargados y subían vacíos, tensados por dos motores eléctricos (hasta allí llegaba entonces una línea eléctrica) pasando por encima de prados y pacederos. Una bomba se encargaba de mantener el pozo transitable aunque  tengo entendido que el carbón que pudo sacarse en ese pozo, como en otro situado cerca del camino de los Picones, fu escaso.

El agotamiento de los yacimientos y el difícil acceso a los mismos fue causa del lento abandono de la mina y del cargue, que continuó unos años con su mantenimiento. Creo que lo realizaba tío Honorato. Hoy queda un resto de escombrera, casi imperceptible bajo la hierba. A esa escombrera bajaban durante el mes de agosto las palomas torcaces para comer sal. Allí las esperábamos para llevárnoslas a casa.

Se hundió la caseta, se llevaros los grandes troncos y tablas, desaparecieron los ladrillos, se inundó el pozo, se hundió y allí quedarán unas superficies que estaban forradas de estibas de madera. Mucha gente de Pallide trabajó allí durante años. Creo recordar a Pepe, Epolpino, Efraín, Juan, Tino,…. Y muchos mineros venidos de Asturias.

En estos días, en los que se aviva el eterno conflicto minero, originado por  unas explotaciones que no son económicamente rentables por sí mismas, vuelvo a ver el castillete del cargue en medio de la llanura de Tras  la Cuidadiella. E imagino qué hubiera pasado si el carbón de Tresmonte no se hubiera agotado. Esa imagen de los mineros que llegaban al pueblo por la tarde con la cara negra por el carbón, con su casco y linterna de carburo y su mono de trabajo no sería simplemente un recuerdo. Aunque parezca mentira, durante esos años, Pallide fue un pueblo de inmigración.

Niños sobre carro. Pallide.

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