los rincones de la vida 1

Rincones de vida 1

Al fondo, Yermo

La palabra rincones tiene una interpretación unida a  la necesidad. Hay que aprovecharlo todo: segar los rincones de las fincas, ajustarse bien con el arado a los rincones de las paredes, recoger con la mano el trigo desparramado por los rincones de los trillos, arrebañar los rincones de la masera o del plato.  Pero, si le añadimos un adjetivo podemos referirnos también a rincones familiares, amables, significativos, nostálgicos.

A esta última acepción de lugares quiere referirse esta entrada.

Cuando hemos hecho el recorrido por los lugares del pueblo, ya se ha hecho referencia a  diversos rincones, a espacios cargados de significación o destacados por su papel en la vida del pueblo. Pero ahora vamos a recrearnos en algunos de ellos, vamos a describir sus detalles, a exprimir su recuerdo, a recuperar su vida.

El portalón de Vicente.

Peña de tia Josefona. También alba buena

Esta situado cerca de la barrera y de la Canal. Curiosamente, a diferencia de casi todos los portalones, portalinas y casas del pueblo, mira al Norte, hacia el Corón, la Cortina y la Ternalera.. Desde el mismo se accede a la pequeña cuadra y a la hornera. Frente a su entrada, un batiburrillo de armantes, yugos, carro y fejes de chopo y roble. En el piso, irregular y de tierra prensada; en el techo la típica armadura de cabrios, tijerones y cumbres, que sostienen un tejado de tejas antiguas, brillantes e irregulares. Todo ello ordenado y curioso con el cuidado y la precisión características de su dueño. Cerca de su umbral se abre la puerta de la casa, de la cuadra y corte y enfrente, como en la mayoría de lasa casas, el abonal que se extiende por la cuesta que baja hasta el toril. Todo, barrido diariamente con esmero por la escoba de retama de su hermana María.

Y, a diferencia  de otras casas, el portalón es de un agricultor, pero también el lugar de trabajo de un peluquero. Allí, los domingos, sentados con la espalda al vacío y con los brazos sobre el respaldo de madera de una silla de enea, los hombres cuidaban su pelo con la máquina metálica que  mueve peines intercambiables con los dedos, la navaja, el peine, la brocha y el jabón que Vicente guardaba ordenadamente en una antigua caja de puros. Con el cinto afilaba la navaja para ajustar el cuello y las patillas.

Y mientras los clientes se tonsuraban, el público dominguero siempre acompañaba la escena, comentando, discutiendo, programando, conviviendo, criticando las nuevas modas de pelo largo que se iban imponiendo. Todos los varones del pueblo se sometían al mismo rito, desde los niños hasta los viejos. Hasta el cura se dejaba tonsurar, en este caso, en la misma casa  rectoral. Y todo ello por un precio simbólico. Allí se arreglaba el pelo, pero también el mundo, se pasaban las noticias locales, se discutía sobre el presidente, se repetía mucho la frase . “si yo fuera Franco, esto lo arreglaba……”, porque entonces era un gallego que se apellidaba Franco y no Bruselas quien mandaba en España..

El carácter servicial y cuidadoso de Vicente, su conversación sugerente, el respeto que a todos nos merecía convirtió aquel portalón en un auténtico Partenón. Hoy sigue el portalón, sin el abonal, sin las vacas, sin clientes y sin Vicente.

El cementerio de las vacas


Está situado en el paso entre la peña de tía Josefona y la parte Oeste de la peña del Collado, saliendo de la Bargaña  a Tras el Collado. Casi en de la misma curva de la peña y muy cerca del río, que allí se remansa por la llanura. El río abundaba en truchas y cangrejos en esta zona . Una pared de grandes piedras, todavía hoy visibles, cierra un cuadrado de unos cien metros, al que se accede por una portillera que se trancaba con espinos. Un lugar muy fresco, no en vano hacen parada allí cerca las furgonetas que bajan la manteca para ordenar la mercancía. Un lugar en el que la ampliación del camino descubrió  hace muchos años unas cuevas detrás de la misma peña del Collado. En ellas se encontraron abundantes restos de animales. Yo creo que el hecho de que las vacas tuvieran un cementerio no era solo una cuestión sanitaria sino un cierto respeto para esos animales que compartían la vida y hacían posible su subsistencia a los seres humanos. No eran, como en la India, animales sagrados, pero sí respetados y a los que con frecuencia unía un auténtico cariño.

Allí se cavaba un fosa acorde con el volumen de la vaca, se arrastraba con una cadena o en un carro, se tapaba bien, se colocaban encima unos espinos prensados con piedras para que los perros o los lobos no escarbasen y se volvía a la casa con la pena apropiada a la pérdida sufrida. También se enterraban aquí los caballos o los burros. Por la histeria colectiva surgida con las vacas locas y el cierre del pozo de la mina, la Administración recoge y quema a los animales muertos, con dolor de los buitres y para la soledad del cementerio..

Hoy quedan los restos de las paredes y el cementerio ha sido invadido por una vegetación invasiva de salgueros, espinos y chopos que encuentran en los restos animales los materiales para su crecimiento. Próximo al paso del río y muy cerca del cementerio existe una zona donde crece abundante el orégano.  El camino ha dejado de usarse al abrirse el paso del Collado y el río ha marcado profundos reguerones y probablemente algún día se llevará el cementerio como ya se ha llevado el camino.

El chozo de piedra

Nos situamos en Remolina. Caminando por el camino antiguo a Linares que atraviesa por medio de la mata del Espino, a la izquierda, en una pequeña depresión del terreno, se alzaba el chozo de piedra. Se asentaba en una pradera en la que desembocaba el agua de la fuente del Vaso, situada a unos cien metros por encima. Enfrente se extendía uno de los  sextiles de las ovejas aprovechando la sombra de grandes robles.

No se conoce la antigüedad del chozo, pero es evidente que las personas mayores lo utilizaron de forma constante.  Poco a poco se fue abandonando, pero su estructura se mantuvo casi intacta hasta los años sesenta.  Su formato era el típico del chozo: semicircular, con un asiento corrido en su interior, lugar de fuego en el centro y pequeña puerta al exterior. El humo salía por el centro. Su estructura era de bóveda formada por piedras regulares, unidas entre sí por argamasa. Para evitar la entrada de lluvia  se cubría de tierra y tapines y, posiblemente, pudo estar forrado de piornos o escobas.

Justamente por el agujero de salida de humos fue derrumbándose la bóveda posiblemente con ayuda de chicos y mayores que, en aquellos tiempos, no veían la utilidad del mismo. Y utilidad no tenía en efecto; su valor hoy está en ser el símbolo de muchos años. Yo he oído a personas mayores la historia de un incendio en el chozo en la que falleció una mujer (criada de alguien) que salió huyendo del fuego y se quemó con su ropa.

Y también tiene valor su técnica, pues la mayor parte de chozos están construidos con estructura de madera sujeta en una base de piedras. He visto en Baleares monumentos con estructura abovedada (talayots, navetas) semejante al chozo viejo. Suponía el conocimiento del abovedamiento, con piedras que se van cerrando progresivamente hacia el centro.

Uno puede imaginarse las noches en aquel lugar idílico, silencioso y seguro mientras los cencerros de las novillas interrumpían la negrura de la noche. El fuego en el centro, el humo, los huevos y la leche, las camas situadas en el círculo interior, forradas de escobas, las conversaciones en la entrada, en el poyo que todavía existe. Otro mundo. No sé si mejor, pero otro.

El huerto de la Isobana

Peña del collado

La peña Lende, de noche

Se ve desde el pueblo. Está a cien metros de la vereda que sube desde Solapeña hasta la cruz. Parece un descanso en el camino y ciertamente tiene la extensión y la forma de huerto. Su pared posterior se eleva vertical hasta la cima y unos espinos y  matojos      ponen un color verde a la peña caliza.  Cuando había mucha sequía y los animales sentían necesidad de hierba, las más valientes llegaban hasta allí. También llegamos hasta allí casi todos los niños del pueblo cuando se apostaba por subir hasta la cima. Algunos continuaban el camino, pero los más miedosos nos dábamos la vuelta, agradeciendo aquel espacio llano que nos quitaba el vértigo.

La leyenda cuenta que el origen del nombre está en una mujer de Isoba que llega al pueblo, que no es rico y las autoridades le dan ese terreno para que cultive y sobreviva. Resulta difícil pensar que alguien puede sobrevivir con esa superficie, pero lo que sí es claro es que esa zona tiene que ver con una imprecisa mujer de Isoba. La razón de que se hayan unido ambas cosas quizás  nunca la conoceremos, pero es evidente que la conexión ha existido en algún momento.

Podemos imaginarnos a la pobre mujer cultivando lentejas o centeno, durmiendo en la esquina rocosa, compartiendo con los grajos y las águilas un lugar tan escaso, con un suelo poblado de cervunas, pero con vistas maravillosas.

Nosotros, los de Pallide, recordábamos en las frias noches de invierno  a los isobanos e isobanas, porque sabíamos que, durante esa estación, quedaban cerrados en sus casas, con sus animales, durante meses sin poder salir por la nieve, por lo que solían acaparar alimentos al final del otoño. Un comentario malévolo atribuía  a este hecho, su proverbial fecundidad. Así se mantuvieron hasta que comenzó a funcionar la estación de esquí de San Isidro. Hoy una buena carretera permanece más abierta que nunca en los rentables días de nieve, que es esperada como un maná y no temida, como supongo que era entonces para los isobanos.

Hace ya muchos años, unos corderos que pastaban encima del huerto de la Isobana se asustan por llegada imprevista de un perro y unos diez caen al vacío rodando hasta la base de la peña. Un festin inesperado para algunos vecinos. Un susto para la isobana.

De todas maneras los vecinos de Pallide de aquella época, no fueron muy generosos con la mujer. Si hoy hubiera llegado pidiendo tierra, sí que tendría espacios bien llanos donde elegir.

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