Los olores. Mayo 2012

2012. Los olores

Pallide 2012

En las anteriores entradas al blog hemos descrito y recordado los años pasados de Pallide acudiendo a lo que nos ha entrado por los ojos: sus paisajes, sus casas, sus fotos. Pero los seres humanos disfrutamos de cinco sentidos al menos y, aunque resulta difícil conservar sus  experiencias, sí podemos recordarlas y recrearlas.  Ya nos hubiera gustado haber grabado en un magnetófono las reuniones del concejo, los sermones de los curas o las canciones del día de Reyes. En esta entrada de hoy vamos a hacerlo con la experiencia de nuestro olfato, con los olores; en otras lo intentaremos con los sonidos, con los sabores y con las texturas.

No somos los primeros en intentarlo. Existen dos libros que lo han completado con éxito. El primero, la novela de Patrik Süskind “El perfume”. A partir de un personaje con el olfato increíblemente desarrollado nos recrea la Francia del XVIII  adornada con el guión de una espléndida novela. El otro es un clásico de  Proust “En busca del tiempo perdido”, un tiempo que se organiza a partir del recuerdo del olor y sabor de unas magdalenas en el desayuno.

Comencemos diciendo que muchos de esos olores ya no existen en Pallide. Han desaparecido en parte porque también lo han hecho los seres que los producían y porque los adelantos de la higiene personal y comunitaria se han encargado de conseguir un pueblo con los olores que la cultura moderna, aséptica y obsesionada por la limpieza, considera naturales y agradables.

Cuando los viajeros de la ciudad llegaban a Pallide constataban, con cierta desprecio y superioridad, que todo lo invadía el “olor a vaca” o  a cuadra y corte. Y así era, no en vano convivían con los humanos, cientos de vacas, de ovejas, novillas, jatos, burros, caballos, gallinas y conejos.  Los esquimales tienen más de treinta palabras para designar la nieve; los habitantes del desierto más de 30 para señalar un camello. Todo ello porque comparten su vida diaria. Lo mismo, los olores. Vamos a tratar de identificarlos y recrearlos.

primavera

Una cosa era el olor de la vaca seca en el campo, de la vaca regresando a casa empapada, de la vaca rumiando, de la vaca en su estancia prolongada en la cuadra. Y lo mismo pasa con el abono: la boñiga seca, la cagalera a la primera salida en primavera, el abonal con la superficie seca, el abonal que se hunde con la pala para echar el abono al carro. Cada uno tenía su olor, que a los que estábamos constantemente en el pueblo, no nos molestaba. En el mundo actual millones de hindúes utilizan el abono de vaca para cocinar y millones de africanos para adornar su casa.

Ese olor perceptible en el ambiente, se potenciaba y mistificaba en la cuadra o en la corte. Allí convivía el olor ácido y agrio de los cerdos, el penetrante del orín del burro ( se decía que con él aliñaban las aceitunas), el gas del rumie de la vaca, el ácido del verde fermentado en los restos del pesebre,….. Un olor a metano insoportable que producía casi mareo era el que procedía de la limpieza de las cortes de las ovejas y las cabras al fermentar  el abono presionado bajo sus pisadas. Si tenemos en cuenta que la cuadra servía como excusado humano, es comprensible la complejidad olfativa de ese medio.  Eso no impedía que, sobre todo en invierno, considerásemos la cuadra como un lugar acogedor. Era en primavera, con la limpieza y olor mareante del Zotal, que eliminaba las moscas del rabo de las vacas, cuando momentáneamente se ecipsaban los olores animales.

Las ovejas, sobre todo las cabras, tenían ese olor característico de los ovinos y caprinos, que se detectaba en la barrera cuando se juntaban para salir y en los lugares de sesteo. Lo mismo pasaba con el penetrante y viril olor de los sementales y los machos cabríos. Antes de llegar a la cueva de sementales de Peña Lende o a la del Moroquil, se venteaba la presencia de los animales..

Emparentado con el olor animal estaba el de los alimentos. En primer lugar, la hierba. Cuando la guadaña segaba el verde, se trasmitía el olor de las diferentes clases de hierba, incluso de las medicinales como la hierbabuena.  Nadie puede olvidar el olor de la hierba al irse secando en los marallos. Su olor y su tacto indicaban cuándo estaba en su punto para recogerla. Un olor seco pero de tonos muy diversos era el que se expandía en la tenada cuando se mesaba , sobre todo al comienzo del invierno cuando las hierbas aromáticas tenían aún fuerza.  También en la tenada, el olor agrio de la fermentación indicaba parte de hierba que se había metido mojada o verde.

Un olor potente y raro tenía lugar en el entelijo de las vacas. Tanto si se intentaba eliminar el gas digestivo por la boca o el ano como si salía por la vaina del trócalo, resultaba muy desagradable, casi mareaba. No olvidemos que uno de los cusantes del agujero de ozono es el gas procedente de la fermentación de la hierba que las vacas expelen en forma de pedos continuamente.

Os suenan?

Cuando llegaba el invierno el olor de los animales quedaba confinado en las cuadras y cortes. En el campo, la nieve por una parte neutralizaba todos los olores y por otra hacía más sensibles los que se producían. Así los zorros y lobos olían la carne a más distancia y los animales muertos y no congelados, se identificaban  claramente por su putrefacción. La urgencia de hacer las necesidades sobre la nieve, hacía a estas más desagradablemente olorosas.

En primavera los olores animales y vegetales explotaban por la variedad de flores y plantas del pueblo. Recuerdo olfativamente el olor de las rosas en la Calleja, el olor de las retamas en la procesión del Corpus, el agradable y relajante olor de las flores de la acacia que estaba frente a  escuela, la manzanilla, el té, el orégano, el anís…….las flores del peral, las del espino maetero,……. Las ramas de chopos y robles al ser podadas y  la savia de los árboles tenían tambien su olor característico.

Pero, además un numero infinito de olores vienen a mi recuerdo y, si hacéis voluntad, también vendrán al vuestro. Cerrad los ojos, concentraos y oled.

La llama del carburo y el carburo mismo cuando iluminaba las largas noches de invierno o el trabajo en la mina de los picadores. Diferente la llama y el olor de los candiles y lámparas de aceite cuando la mecha se iba consumiendo en la oscuridad de la casa o de la calle.

El humero de la hornera, alimentado con roble y escoba, que proyectaba su olor sobre los chorizos y cecinas que se curaban en los varales. O, en ese mismo sitio, el olor de pan recién horneado al sacarlo con la pala, del horno.

El olor a chamusquina del cerdo recién abatido, que era quemado con los cuelmos de centeno. El olor de los pellejos de vino untados con negra pez para que fueran estancos, unido al vino avinagrado que se había derramado por el suelo. Las peras y manzanas metidas en el arca dentro del trigo o de paja para que maduraran. Las patatas que se iban pudriendo en los montones de la bodega, la harina caliente al salir de la molienda entre las dos piedras, el olor a humo dentro de la caseta de las novillas los días de lluvia, el olor a incienso en la iglesia y en los entierros.

Miles de olores que, a su vez traen recuerdos. Podemos seguir: la leche recién ordeñada que se bebía tal como salía de la teta de la vaca, la misma leche cocida y humeante, el olor reiterativo de los componentes del diario y lento cocimiento del puchero, el carbón que en la fragua se quemaba con la máquina de viento, el dinamitero olor de los petardos del día de la fiesta o de la pólvora y cartuchos ya quemados por los cazadores,  el olor a limpio de la ropa tendida en el verde para que secara, el dulzon olor de las manzanas asadas en bandejas en el horno de leña, el reconfortante olor de las patatas o cebollas asadas en la lumbre de los que cuidábamos las vacas propias y poco los huertos ajenos, el ácido fórmico de los hormigueros de hormigas rojas que se extendían varios metros de distancia, el olor a harina húmeda de las setas de San Jorge que crecían en los setales o bajo las holagas, el perfume del tabaco de picadura, la yesca y de la mecha para encenderlo de nuestros viejos, el insoportable y heterogéneo olor pútrido de la reguera que atravesaba el pueblo, al olor alcohólico del carajillo que la mayoría de los hombres tomaba cada mañana…….

Aunque hay olores personales, intransferibles, la mayoría han sido compartidos. Cada casa, cada hornera, cada corte y cada corral podían identificarse por su olor. Hoy  han surgido olores nuevos: a gasoil, a detergente y suavizante, a escape de coche, a infinidad de perfumes artificiales,…

familia de Pallide

Y el sudor. Aunque leyendas urbanas hablaba de algunos vecinos que nunca sudaban y andaban a la hierba en camiseta, el sudor nos acompañaba constantemente porque los trabajos físicos eran muy fuertes. No se trataba del sudor de la piel del burro cuando se le quitaba el aparejo, o el de las vacas cuando se quitaban la melena, viscoso y maloliente. Se trataba de la expresión del trabajo y nosotros lo percibíamos como especial. Ni siquiera en esos momentos que nuestro cuerpo chorreaba de pies a cabeza: cuando cargábamos un carro de hierba a las cinco de la tarde, cuando pisábamos el  carro de paja para meterlo en la tenada, cuando en la misma tenada se pisaba la hierba que irradiaba un calor infernal, cuando se cortaba y acarreaba la leña o al cargar un buen carro de abono, mientras se trillaba, se segaba, se recogía, muchas horas cada día.  En una cultura como la actual en la que se odia el olor a sudor como repugnante y se trata de neutralizar con duchas constantes, desodorantes, colonias, no se entendería que no sintiéramos complejos y que asimilaramos el sudor al trabajo ( como en la Biblia) y no a la suciedad

Para finalizar os envío un párrafo curioso del libro “El perfume” sobre el París del siglo XVIII.watch full film John Wick: Chapter 2 2017

“En la época que nos ocupa reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible por el hombre moderno. La calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de escaleras apestaban a madera podrida y a excrementos de rata; la cocinas a col podrido y grasa de carnero. Los aposentos apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al olor dulzón de los orinales. Las chimeneas apestaban a  azufre; las curtidurías a lejías cáusticas; los mataderos a sangre coagulada.  Hombres y mujeres apestaban a sudor y ropa sucia; en su boca apestaban los dientes afectados; los alientos olían a cebolla y los cuerpos  a queso rancio y leche agria. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias. El campesino apestaba como el clérigo; el oficial de artesano como la esposa del maestro; apestaba la nobleza entera y, sí, incluso el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja tanto en verano como en invierno.”

David, del equipo ganador de baonmano 2012

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