Los frutos de la tierra

Dos fotos, dos paisajes

Si pudiéramos contemplar una foto del valle de hace setenta años tomada desde la Peña Lende, desde el Corón o desde la Viz Catalina  en el mes de junio, contemplaríamos una gran extensión de verdes praderas divididas por seves, cierros de alambre y paredes de piedra y montes de roble, escobales y urzales, al pie de peñas imponentes de roca caliza. En lugares frescos, junto a los ríos, se repite el verde de los chopos y salgueros. Pero, al tiempo, en Fuenterrey, en Solapeña, en la Cudiadella, las Lampas y las Fejinas e incluso en Remolina contemplaríamos también amplias manchas de trigo, cebada y centeno en proceso de maduración. Y, alternando con ello, miles de surcos de verdes patatas, de titos, arvejos, garbanzos y lentejas. Cerca del pueblo, huertos cerrados con lechugas, habas, nabos, remolachas, acelgas, ajos y cebollas. Incluso, si esa foto la retrotraemos a comienzos de siglo, veriamos cultivadas las Hemondas, Liébana, las  Traviesas y la actual laguna de la mina.

Una vista de Pallide nevado

Hoy, esa foto es imposible. Han desaparecido todos los cultivos y sólo  cuatro pequeños huertos han sobrevivido de aquel vergel. Todo lo demás es hierba, monte y peña. Fue un proceso lento de abandono que se inició en los setenta  y que marchó al ritmo de la despoblación, de los nuevos hábitos de consumo, de la competencia comercial.  Esta vez, los animales se liberaron del yugo, pero ya las máquinas no ocuparon su lugar. Los últimos intentos de cultivar cereal en el Pandico fueron abortados por el número de pájaros, que ya superaban el número de espigas.

Pero revivamos esos cultivos echando mano de los recuerdos para que la dureza y  la tecnica de cultivo para sacar frutos de terrenos duros e inclinados y con una climatología adversa, no quede en el olvido

La preparación de la tierra

El trabajo comenzaba, pasada la tarea de recogida de la última cosecha allá por finales de agosto. Era el abonado. Armados los carros con sus sardos, preparadas las parejas y las cuartas, se cargaba el abono en el abonal de casa o en los abonales de los ejidos y se transportaba, carro a carro, a distancias tan largas como Remolina o tan “pindias” como las Lampas. Allí se dejaba en montoncitos, para esparcirlo antes de la arada. Cuando, en septiembre, el agua ablandaba el duro suelo de barbecho o de la última cosecha, se  roturaba o araba la finca con el arado de madera o con el de vertedera, según el terreno. El arado constituía un duro y experto trabajo: la pareja arrasatraba el arado, sujetado en la esteva por el agricultor que dirigía la pareja con pinchazos de la hijada o con un cordel atado a las orejas de la vaca. Nuestro primer trabajo odiado de niños, era “ponerse delante” de la pareja.

Instrumentos para los cereales y trilla.

Una vez arado y binado se procedía a la siembra de otoño a boleo: trigo, cebada, centeno, avena, ….. El invierno cubría el terreno durante meses; había que terreñar para reforzar la   disolución  de nieve con el fin de que no dañara la semilla brotada. Cuando la nieve se despedía, comenzaban los cultivos de primavera: corricasa o trigo trimesino, patatas, legumbres y la preparación manual del huerto.  Durante los meses siguientes se espaciaban las tareas de sajar a mano las malas hierbas, escavar las patatas, regar los huertos, sulfatar el escarabajo,……

La siega y la trilla

Iniciado Agosto se daba la salida para la cosecha de los cereales. Con guadaña armada con un brazo recogedor o con hoz a mano, manojo a manojo.  Se amontonaba en gavillas y gavilleros y, con el carro armado con armantes   de la hierba, se recogía y llevaba a la era. Comenzaba el trabajo familiar de la trilla. Antes se había preparado la era en diversos lugares ( prado Luengo, las Eras, Tras la Iglesia, Tras la casa, Pendona) alisando con una trecha de piorno y calderos de agua, el terreno circular de la era.

Vecino segando el trigo a hoz y engavillando.

Una vez extendida la “parva” en la era, aprovechando al máximo el fuerte calor, se iniciaba el trabajo en el trillo tirado por parejas cansinas de vacas que con el ritmo de “entra al corro” “dentro…….fuera” y dirigidas por chicos y mayores machacaban la parva a pleno sol hasta separar la paja del grano. Con cuidado para que el trillo no “emparvara”, que las vacas no salieran huyendo o que no cagasen en la parva. Un espectáculo que hubiera merecido una buena foto. Previamente, la base cortante del trillo se había completado con lascas de duro silex recogidas en Remolina.

A media tarde, recogida de parva, barrido de era y a limpiar. En muchos casos aventando la paja al viento; más tarde mediante las máquinas de limpiar movidas durante horas por una manivela.  El grano, en sacos para llevar al molino y la paja al montón para la tenada en invierno. Para llevar la paja se armaba el carro con costaneras y redes y los niños eran los encargados de pisar el carro, un trabajo sucio por el polvo, tan odiado como andar delante de la pareja de vacas. La única mecanización del trabajo de la era fue la maquina de limpiar y un instrumento para dar la vuelta a la parva, que se colocaba tras el trillo.

La máquina de limpiar la paja.

Los otros frutos y frutas.

Al final del cereal, las leguminosas. Cerandas, cribas, golpeo o trillo eran los instrumentos para recogerlas. Después, a los sacos y más tarde a las arcas o arcones secos de la casa. Listas para el cocido y los potajes de todo un año.

Mientras tanto, las patatas habían madurado o se habían helado las hojas y podían sacarse con el arado, recogerse a mano con dolor de riñones y llevarlas a casa para clasificarlas: para comer, para los gochos y para simiente. Durante este tiempo, de acuerdo con el ciclo de las plantas, se recogían a mano en los huertos cebollas, ajos, remolachas, nabos, berzas, repollos,……

Además era el tiempo de la fruta. Pallide, salvo algunos trozos de terreno entre camino Carro y camino Blanco, no fue un terreno propicio para la fruta, que casi siempre se helaba al final de la primavera. Cerezas y guindas en Junio, ciruelos y ciruelas, peras y manzanas de diferentes clases constituían la cosecha. Hoy, ni los niños, que antes asaltabamos con codicia árboles frutales ajenos, se interesan por la fruta que cae de los árboles ocultando el suelo. La mayoría de árboles se han secado; sólo a unos pocos  se les proporciona el cuidado de los frutales, se podan, riegan y sulfatan.

Presente y futuro

La necesidad de mucha mano de obra para el proceso desde la siembra a la recolección inclinó la balanza hacia la hierba, más mecanizada y menos dependiente de las manos.  La ventaja ha sido que ha reducido de forma muy importante el trabajo del agricultor dejando más tiempo al ocio. El inconveniente ,que se ha perdido la autarquía alimenticia que se vivió durante decenios; se ha convertido al agricultor en consumidor. Y, también, ha desnudado al paisaje de la variedad de tonos y trazos que enriquecían la distribución de los cultivos y a la mesa de los sabores auténticos y puros de unos frutos madurados únicamente con trabajo, agua y tierra.

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