Las vacas del pueblo

Julio Medem ha realizado una película titulada “Vacas” como símbolo de una tragedia rural en un pueblo del Norte.  En la antigüedad  las tribus primitivas elegían siempre una animal totémico al que adoraban y consideraban  intermediario con las fuerzas sobrenaturales para conseguir éxito y protección. Incluso hay culturas como la hindú que considera a la vaca un animal sagrado e intocable. En algunos países los animales son símbolos nacionales como los canguros en Australia o el oso panda en China. En la localidad cántabra de Arredondo se ha levantado un monumento de piedra a la vaca pasiega.

Monumento a la vaca

Un símbolo, un tótem, un animal sagrado y un monumento exigirían las vacas en muchos pueblos españoles. En el caso de Pallide ha sido y es  la espina dorsal de su economía, ha condicionado sus construcciones, su modo de vida y la misma propiedad de la tierra. Hasta ese olor característico a abono que los nuevos visitantes extrañaban nada más entrar en el pueblo cuando más de treinta cuadras llenaban su casco urbano. Olor que no era detectable por los que habitabamos de forma constante en el pueblo.

A diferencia de sus habitantes humanos los habitantes animales ni  han emigrado ni  han disminuido en población sino que incluso han aumentado y se han diversificado. En algunos pueblos de alrededor, como Solle, Valdehuesa, Lodares o Camposolillo, han sustituido totalmente a los vecinos humanos.

Potro de herrar en la fragua. simulación.

La vida de la vaca comienza con el toro; en un principio casi todo el ganado vacuno del pueblo era hermano por parte de padre. El toro vivía, bien alimentado y cuidado por un vecino, en el toril para cumplir en su momento la función reproductora en las cuestas de la barrera frente al pilón y al público asistente. Mas tarde esa función pasó a manos de los inseminadores que portaban desde Boñar las semillas genéticas seleccionadas dentro de unos contenedores a temperaturas bajo cero. Y así la raza de las vacas del país duras para el trabajo, buenas para carne pero escasas en leche fueron diversificándose en vacas pintas, de raza parda alpina, frisonas, etc.

Nacía el ternero en casa o en el campo, cada vez más con ayuda humana. Si era macho su destino era la venta como ternero a uno de los muchos tratantes de ganado que visitaban regularmente al pueblo, después de un trato prolongado y curioso, que terminaba con un apretón de manos y dinero al contado. Si era hembra con clase  iniciaba su vida productiva hasta su agotamiento. Se alimentaba de la leche materna, completada por leches artificiales y los primeros días la “jatina”se mantenía en la cuadra sobre un tablero o sobre lecho de paja. En buen tiempo saldría  a la ternalera para retozar y establecer su primer contacto con sus congeneres y con la hierba, su alimento fundamental después del destete. Pasado el año se incorporaba a la vecera de novillas doblenas y tresenas y pasaría temporadas largas y libres en Remolina, sesteando en sus portales, durmiendo al aire libre bien cuidada por un par de pastores que se turnaban por casas. Cuando el puerto de Remolina se cercó, la caseta de pastores se cayó, se abrió camino a los coches, los pastores diarios se redujeron a controles esporádicos.

A  la edad fértil se incorporaba a la cadena de partos, trabajo, ordeño y comida hasta que su amo considerase que era rentable. Quizás por esta vida sin perspectiva la  expresividad de la vaca, sobre todo de sus ojos, siempre ha sido fría, indolente, sin la más mínima emoción. Arar, abonar, tirar de la cuarta, apoyar la leche, tirar del trillo, de la rastra o del carro con sol y moscas o con frío, aguijoneda por el pincho de la hijada o golpeada por la vara. En los años setenta, la legislación europea sobre trato a los animales prohibió estos instrumentos de castigo. Solamente el invierno, encerrada y alimentada en el acogedor y cálido reducto de la cuadra, suponía para ella un descanso.

La llegada del tractor, el abandono de la siembra y el auge de la leche y la carne  supuso para estos animales el comienzo de su liberación y jubilación laboral. Se especializaron en la producción de carne y leche, con una vida más sedentaria y controlada. Las rutas de los pastos a lugares alejados como Remolina o Arianes se fueron reduciendo al disminuir hasta tres el número de ganaderos actuales.

Cuando no había nieve su vida comenzaba muy temprano para aprovechar el rocío que ablandaba el pasto. Después de dar su leche, los pequeños o mayores de la casa, la conducían a pacederos o fincas o se incorporaba a  un grupo de congéneres en los entrepanes y las veceras de los ejidos y comunes. Cuando el sol apretaba, vuelta a casa, en algunos casos moscando por el agobio de las moscas perreras a las que los niños acuciábamos con “Mosca perrera que te pica la culera, piojo menudo que te pica en ese culo, cu_ cu- cu yyyyyyyyeeeeeeesss”, imitando el sonido su vuelo. Una larga siesta en la cuadra y a repetir la jornada de mañana hasta la noche. Nuevo ordeño y a dormir.

Esto, los días que  no había trabajo, que eran los menos. El invento del pastor eléctrico supuso un descanso para el aburridísimo trabajo de cuidar las vacas en pacederos o fincas pequeñas, que los niños odiábamos y los medianos trasladaban a sus mayores.

Aunque el carácter de la vaca es bastante homogéneo sí existían diferencias de carácter entre ellas. Había vacas tranquilas, nerviosas, pesadas, saltarinas, zapaderas, mosquiteras y hasta un poco salidas. Estas últimas eran fundamentales para detectar el momento en el que sus compañeras andaban toras.  También las había maniáticas: a unas les daba por zapar el yeso de la pared; a otras por comer la goma de zapatillas, zapatos o la ropa; a otra por separarse siempre del grupo; a otra por bramar a la primera; otras eran agresivas y se peleaban constantemente en los entrepanes con la consiguiente rotura de cuerno. Incluso había quien decía que el carácter de la vaca reflejaba el de su dueño.

la única imagen romántica de la vaca

Lo que sí eran  sucias, no por mala fe, sino porque, a diferencia de perros que pueden ser educados para que realicen sus necesidades en un tiempo o lugar las vacas parecían disfrutar de su descontrol de esfínteres: bastaba un corral recién barrido, un cemento recién fregado, el paso por delante de una puerta para que depositasen sus sólidos y líquidos sin detenerse ni avisar. En la trilla, una de las funciones más pesadas del trillero era tener siempre una pala a punto para recoger la boñiga antes de que cayera al corro.

Las vacas obedecían, como todos los animales a unas pocas órdenes: Jo (para parar) Arre (para andar) Atrás, (para celar), entra al corro (para dar la vuelta a la era), chisca  (para acercarse)o toma ven (para llamar) tora, tora si era ternera y siempre con la ayuda de la vara o del perro al que se embiscaba para que las mordiera en el rabo o las patas. Eso no impedía que  mantuviéramos con ellas conversaciones e increpaciones muy duras sin respuesta, convirtiéndolas a veces en cabeza de turco de nuestros cabreos por el duro trabajo o el mal resultado del mismo. Todos recordamos, por el contrario, con cariño aquellas largas conversaciones y sermones que María la de Vicente tenía con sus tres vacas.

Pero estos animales irracionales también tuvieron, sobre todo a partir de los 70 su vida administrativa, no pudieron evitar la sumisión a la burocracia del estado. Al nacer eran marcadas en la oreja con un número informatizado que después se perfeccionó con un chip mediante los cuales la administración controlaba en cada momento las distintas situaciones del animal. Antes de ello el control se limitaba a la puesta de nombre y a la memoria de su dueño. Eh aquí algunos de los más frecuentes y cariñosos: Cachorra, Macarena, Garbosa, Paloma, Paramesa, Pinta, Gallarda, Princesa.

Por la conciencia de su importancia económica se les prodigaban cuidados médicos y atenciones especiales. Para que las pezuñas resistiesen los paseos largos a los lugares de pasto, se herraban las patas regularmente. Para ello se llevaban al potro (cerca de la actual fragua) para facilitar que el herrero les levantara la pata, desgastara la pezuña y calzase la herradura con clavos. Además no faltaba su médico particular, el veterinario. Recordamos  a aquel don Julian de Armada con la frase repetida: “ Ponle, ponle penicilina”. Porque las vacas, además de enfermedades comunes con el hombre, tenían enfermedades especiales. Veamos dos de ellas. La primera era el “entelijo”: al comer verde, los gases hinchaban la barriga hasta reventarlas. Para resolver este problema había que proporcionarles leche y aceite, abrirles la boca para provocar el vómito o rumie y, en último caso, clavarles en la barriga un trócalo con vaina hueca por donde salía un gas de olor insoportable. Otra enfermedad vacuna era el “arrane” una especie de corte de digestión producida cuando se iniciaba el rumie pero no había material, cuando la vaca, siguiendo el ciclo de estimulo/ respuesta de Pavlov, iniciaba sin alimento la producción de jugos gástricos. Se producía, por ejemplo, al subir a la tenada, meter ruido y no echarles de comer  a su hora.

El ordeño

Durante los sesenta tuvieron lugar campañas masivas de vacunación y saneamiento de algunas enfermedades crónicas como la brucelosis o las fiebres de Malta que lograron una cabaña sana y con garantías sanitarias a base de sacrificar cientos de animales.

De la vaca no solo se aprovechaba la leche y carne y su trabajo, los cuernos se utilizaban para hacer gachapos, adornos, recipientes pequeños o el turullo del pastor para anunciar la salida de las ovejas; la piel para hacer cornales y sobeos. Cuando el animal no era vendido para el matadero y moría en casa o en el campo, se llevaba al enterradero cercado situado cerca del río en Entrepeñas. Desde el mal de las vacas locas, es obligatorio llevar a los animales a un centro de incineración provincial, para desesperación de los buitres y de otros animales carroñeros.

La verdad es que la única imagen romántica de la vaca se ofrece cuando está recien parida zapando a su cría que está mamando y mirando agresivamente a  los desconocidos que se acercan; sus ojos casi siempre  rígidamente fríos, parecen ofrecer un leve destello emocional de madre cuidadosa y orgullosa de su fruto.

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