labores caseras

Cuando escribo sobre esto no puedo menos de aludir al debate feminista actual sobre si el trabajo de la mujer fuera de casa había duplicado su esfuerzo o había colaborado a su liberación. También  a la cuestión complementaria a la anterior sobre la necesidad de compartir las tareas domesticas por los dos miembros de la pareja.

Pues bien, el hecho real es que la mujer del mundo rural de los cincuenta ya se hallaba compartiendo las tareas de casa con las tareas del campo; habia unas tareas de la casa exclusivas de la mujer y unas tareas del campo compartidas por los dos miembros de la pareja.

El lugar del trabajo y de vida

Comencemos por las tareas “exclusivas” de la mujer.

Si sleccionamos al azar un día cualquiera el trabajo comenzaba muy temprano recogiendo la leña y encendiendo la lumbre para calentar el desayuno e iniciar la preparación de las comidas siguientes. En el trabajo del ordeño, trabajo que proporcionaba el material del desayuno, colaboraban todos.

Una vez concluido el desayuno, el hombre en general, también los hijos, se dedicaban a sus faenas matinales en el campo: cuidar las vacas, segar, regar, abonar, arar, etc.  La mujer iniciaba en la casa las tareas de casa, cuadra y corral. Esta limpieza constituía un trabajo fuerte pues el agua había que acarrearla desde la fuente, el suelo debía fregarse con estropajo y de rodillas, la proximidad de la cuadra ensuciaba constantemente la casa y el corral…….

Una vez a la semana había de acometerse el lavado de la ropa. Para ello la mujer, con un cajón, una tabla de lavar y un balde con la ropa sucia se trasladaba a uno de los lavaderos del pueblo: el de la canal, el fontano, entre los molines o el molín de la hoz. Allí, una pequeña represa con piedras lisas alrededor, al aire libre, al calor o a la helada, rompiendo a veces el hielo,se reunían al tiempo varias mujeres. Muchas veces, viendo los espléndidos, cómodos y protegidos lavaderos públicos de Galicia no me explico cómo los sucesivos presidentes del pueblo no tuvieron la ocurrencia elemental de un buen lavadero.

Si para las mujeres de ciudad la lavadora fue un invento liberador, podeis imaginar lo que fue el agua corriente y la máquina para las mujeres rurales.

Una vez lavada la ropa, con el jabón previamente elaborado con el unto del gocho y sosa, había que tenderla al aire en el corral o en el verde de alguna pradera y regarla para que no se acartonase. Después venía la plancha, no tan exigente como en nuestros días, realizada con un artefacto de metal hueco en el que se introducían brasas de carbón o de leña.

No es de Pallide, pero se parece

Cda 15 días tocaba la faena de amasar el pan. En una masera, con agua y harina, se hacía manualmente la mezcla, se añadía el furmiento y se dejaba un tiempo para que madurase.  Previamente se había encendido el horno y con el furungón se habian distribuido la brasa hasta que se alcanzaba una temperatura alta. Con la mano se elaboraban unas hogazas de unos dos kilos y unas tortas con poca masa y riquísima corteza. Se introducían al horno y allí se manejaban con la  pala hasta que se subían y quedaban bien cocidas.  Con el escobón se limpiaba el horno hasta el próximo día. Ya en los sesenta, comenzó a bajarse la harina a Vegamian y el panadero traía a casa el pan correspondiente. Mas tarde, al no haber trigo, ya el panadero ponía la harina y el pan. Hoy, dos panaderos, haciendo prodigios de rentabilidad, suben diariamente con abundante pan y pastas.

Había labores de casa más temporales. Una vez al año se vaciaban los colchones de lana, se sacaban al corral, se extendían y con unas varas se “vareaban” hasta dejarlos suaves. Pikolín daría fina esta faena.

Las labores de comida se repetían a las diez, a la comida, a la merienda y a la cena. Y si había que llevar la comida al rastrojo, la huerta, la trilla o al monte, los niños echabamos una mano

En una época de escasez los zapatos no se tiraban cuando se rompían, los pantalones no se desechaban cuando se rasgaban, las sábanas no se convertían en trapos cuando se desgastaban; todo se cosía, se zurcía y se remendaba hasta límites inverosímiles. La costumbre actual de reponer con algo nuevo lo estropeado, no existía. Hasta las madreñas se remendaban con hojalata en la parte del suelo y con aros de alambre cuando se rajaban.

Pero no solo se cosía o remendaba, tambien las mujeres en general hilaban la lana con ruecas y usos, hacían punto y confeccionaban muchas prendas de abrigo. No hay que olvidar que Pallide fue productor de lino y en el siglo XVIII se hablaba de telares en cada casa. Sí es verdad que había sastres como tío Ignacio en Armada o Sebastián en Pallide, que colaboraban en el trabajo de la pana el mahón para pantalones.

Si había niños, que había muchos, el trabajo de la mujer se multiplicaba, ya que no existían los pañales desechables, los potitos o las leches progresivas. El desgaste natural de ropa y su adaptación al crecimiento añadían un gran trabajo. Si miramos las fotos de las primeras comuniones comprobamos que el trabajo se racionalizaba al utilizar un único uniforme para toda la familia.

El primer trabajo del día

Pero, independientemente del trabajo del campo al que dedicaremos otra entrada, en la casa había más trabajos en este caso ya más compartidos. Durante el año se criaba al menos una camada de cerdos y el alimento y cuidado de los “gochines” era muy delicado porque a veces las “gochas” parían más gochines  que tetas. También diariamente se debía desnatar la leche para separar la nata de la divura y, semanalmente, mazar los rollos de manteca para que los recogedores los llevasen a las Cuevas o Vegamian.

Una vez al año, las matanzas, con sus trabajos sucesivos de lavar las tripas, escuartar, curar al humo de la hornera, hacer chorizos y morcillas, vigilar la cura de los jamones.

Los hombres también tenían la exclusiva en algunas tareas de la casa, fundamentalmente lo que hoy llamamos bricolage o chapuzas. Salvo la visita de Antón el “latas” que remendaba los sartenes, los calderos  y las cazuelas, el recorrido anual de los gitanos que proveían de cestas, todos los trabajos de casa eran realmente caseros: sustituir los dientes del rastro gastados, hacer tarucos nuevos, afilar las hijadas, colocar trozos de vidrio en los cristales rotos, folgar palos, cortar la leña del leñal, remendar las madreñas, poner parches a las botas, mesar la hierba, sacar el abono de la cuadra y limpiarla, limpiar las vacas con la rasqueta, echar la nieve abajo del tejado y sustituir las tejas, pintar la madera de las ventanas, preparar las patatas para la siembra, hacer porracas, collares y llaves para atar el ganado, arreglar los cencerros, ayudar al herrero a herrar la vaca, untar el eje del carro, sobar las cornales y los sobeos, coser las melenas, pagar los impuestos y llevar los papeles, esquilar las ovejas, atender la visita de jateros, gocheros, inseminadores, controladores de la leche, veterinarios, capadores, agentes de extensión agraria, tratantes, etc……

Horno de pan

Y este trabajo de casa ocupaba los días, sobre todo en invierno. Cuando el trabajo daba un descanso los varones se juntaban diariamente, a mediodía después de cebar y por la tarde en  la Barrera, delante de la pared de la corte de Juaco, al sol, dominando el pueblo,  y allí se hacía lo que se hace en los pueblos y lo que hace a los pueblos: discutir, comentar, criticar, proyectar, informarse, convivir. Pero la barrera, como la casa en las mujeres, era dominio exclusivo de los varones

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