Folgar la madera

LA LEÑA Y LA HOJA

Chopos desde el huerto de Demetrio

Las fuentes de energía

Durante muchos años  la energía consumida en el pueblo fue de origen fósil, vegetal. Los montes, inteligentemente explotados y estrictamente controlados por las autoridades del pueblo, satisfacían ese consumo. Durante el tiempo de la explotación minera también se consumió carbón, ya que las cocinas económicas permitían el uso de las dos fuentes de energía.

El consumo doméstico era fuerte, sobre todo por el invierno. La cocina de casa estaba encendida casi todo el año para cocinar y calentar la estancia, pero el horno para amasar  y la chimenea para ahumar y curar la matanza también consumían cantidades importantes.

La madera, además, se utilizaba masivamente en los aperos y construcciones: mangos de herramientas, hijadas, varales, cabrios, tirantes, armaduras de carro, maseras, artesos, trillos, arados, etc. Existía por tanto gran presión para adquirir leña, lo que explica que las escobas y piornos se trajeran a veces ilegalmente desde terreno de Liébana o Linares, las hijadas y mangos, de la Biesca y maderas de armar de Pardomino. Esa presión por la madera ha causado en varios países, como Haití o Bangla Desh, una deforestación masiva y la ruina medioambiental; en Pallide se controló su consumo con una política inteligente y conservacionista.

En septiembre, la hoja de roble

Una vez finalizada la agotadora trilla, por Nuestra Señora, quedaban unos días relajados durante la segunda quincena del mes, pero poco duraba la alegría. El concejo decidía el monte donde ese año se “echaba la hoja”, teniendo en cuenta un ciclo circular de explotación, que duraba varios años y que permitía al monte de roble recuperarse de la corta. Una vez establecido el monte y las fechas se nombraba a los “talladores” que marcaban con unos cortes los límites de las suertes y los numeraban. Un sorteo atribuía el lugar a cada vecino y esa misma tarde, siempre en público como forma de control, se iniciaba la corta con hoz y hacha dejando a intervalos  “olivos,” plantas más fuertes para que el monte se recuperara.

La leña cortada se organizaba en trechas; pero si el monte era muy “pindio” se hacían balsas para echarla a rodar. Al día siguiente, a toque de campana, salían los carros con armantes de leña, más cortos que los de hierba, los cilleros bien provistos de cadenas y sogas, con dos o tres parejas de vacas uncidas para cuartas y rescuartas. Toda la familia acompañaba la caravana, unos andando y otros en el carro picando a las vacas desde el cillero. Al llegar, la dificilísima tarea de subir vacas cuesta arriba por el monte cerrado  y de “celarlas” para enganchar la trecha.

A media mañana se cargaban los carros, generalmente a dos cabezas, y se iniciaba la vuelta a casa en un maratón curioso por ver quien llegaba primero. Cuando había cuesta arriba, a reforzar la pareja de vacas con la “cuarta”; cuando era cuesta abajo, la rescuarta para frenar, la trecha unida al eje, la galga y toda la gente disponible amarrando el carro o “rescollándose” para que no entornara, objetivo que no siempre se cumplía.

Llegados a casa, una buena merienda o comida daba lugar a que las vacas repusiesen fuerzas en los otoños y que se iniciase la poda de los plantas, separando la hoja para hacer fejes, que se ataban y ponían a secar y la leña para amontonarla en el leñar en espera de ser picada y amontonarla bajo techo en una buena rima.

Los últimos años, las vacas fueron sustituidas por el tractor y remolque, las hachas por sierras mecánicas y los tallajes y suertes por la conserjería de Agricultura que limpiaba y organizaba los montes. Sólo unos pocos vecinos se acogían a su derecho de retirar leña del monte, porque también en sus casas el gasoil, el butano y la electricidad habían sustituido a la leña.

En los años cincuenta se eharon las últimas suertes sobre los centenarios robles de los Valles y Sestilón. Con grandes tronzadores se cortaba el roble, con pinas de hierro y madera se estazaba y los buenos trozos servirían como estacas y el resto para la lumbre.

La otra leña

Pero no quedaba aquí el aporte de leña y hoja. Era necesario completarla con otros tipos de leña. En primer lugar el material para encender, la escoba y el piorno. Con unos buenos y afilados azadones se cavaba alrededor para presentar la raíz, se cortaba y se recogían en trechas y cargaban en carros en fincas particulares, en Liébana, Linares o Moroquil. Se llevaban a casa y también se amontonaban en leñares para que secaran. Los piornos, junto con los espinos eran también sacrificados para allanar el terreno de la era en agosto y para escarificar la pradera en Primavera.

En los años de máxima población llegaba a escasear la leña, por lo que también las sebes, los espinos y el margen de los ríos se podaban para completar las provisiones del invierno. Si miramos hoy los márgenes de los ríos, los vemos tan poblados de salgueras y salgueros, que no aparece la corriente de agua; en los años cincuenta el río estaba a la vista porque los márgenes se limpiaban para leña, para vilortas de atar fejes, para palos y varas y, por si esto fuera poco, los gitanos, en su viaje anual, lo remataban cortando salgueras para cestos. Durante esos años, un trabajo de los niños al salir de la escuela, era coger un saco, subir al Corón y llenarlo de hojas de roble, que después se cocían para los cerdos.

En los años de sequía, a finales de agosto, cuando la hierba de las praderas escaseaba, las vacas y novillas podaban, como último recurso contra el hambre, los robles hasta donde les alcanzaba la cabeza.

La raiz de la urz

Urz aislada en la peña de Remolina

Otra de las fuentes de leña eran las raíces de los urces, las “cepas”. Unos años se quemaban las plantaciones y al año siguiente se cavaban con azadón las raíces duras que habían criado, que constituían un combustible muy rico. Tanto las urces y escobas como los robles tienen una capacidad de recuperación asombrosa después de los incendios. Los Peñones Ngros, el Ensanche de Linares y, sobre todo Pardomino, monte sobre el que Pallide tenía derechos, eran los lugares más frecuentes para cavar las cepas. Para llegar a Pardomino se seguía un camino muy largo que iba desde la Puente, por la cuerda del Moroquil y subía por la impresionante curva y cuesta del Braguetón, hoy cortafuegos del pinar de Reyero, donde más de un carro inevitablemente entornaba.

Los chopos

Al tiempo que la leña de los montes comunes, se iniciaba la poda de los chopos particulares, que proporcionaban hoja de calidad y leña menos calórica que el roble. Había tres clases chopos: del país, canadienses y lombardos. Los primeros fuertes y con grandes nudos, los segundos lisos, anchos y esbeltos, los terceros apretados y puntiagudos y con las ramas más altas muy quebradizas.  De tiempo en tiempo, los más jóvenes de la familia, con hoz corta y podón de mango muy largo  realizaban la poda de arriba abajo unos y otros de abajo a arriba. En el suelo se organizaba en fejes atados con vilortas para hoja del ganado y para leña de fácil combustión. Todavía hoy, en alguna casa abandonada, se mantienen los esqueletos de las rimas de fejes.

Muchos vecinos delpueblo siempre llevan a mano la navaja y, para pasar el rato, realizan filigranas

Chopos de otoño en el Llombo

con los palos que se cortan para hacer porracas o miniaturas de aperos o, simplemente por “folgar la madera” En esto es maestro insuperable, Demetrio. En los inviernos, con cepillo y garlopa, los maderos informes van dando formas de tarucos, timones, collares, mangos, dientes de rastro, biendas, ……

Presente y futuro

Hoy los montes y los escobales avanzan en todas las direcciones y van poblando los antiguos tierras y pacederos porque no hay ganado que coma sus brotes ni vecinos que corten sus troncos. Los robles que dejaban ver el Corón sobre la Canal, han tapado ya los Peñones negros; las praderas de la Ternalera son hoy un bosque de escobas; las tierras de Fuenterrey y Solapeña, las Lampas o las Fejinas parecen plantaciones de maleza heterogénea. Y, sin embargo, estos últimos años no ha habido incendios forestales de importancia, porque ya no se quema intencionadamente para aumentar los pastos, ni para eliminar las “holagas”, ni para preparar las “cepas”y porque la conciencia ciudadana sobre el monte y la vigilancia y leyes estrictas ayudan a conservarlo.

Por ello, las repoblaciones de pinos en la Matandana o en las Grandas se miran desde el pueblo con una gran esperanza. Dentro de años serán bosques fuertes que, unidos a los robles y matorrales, darán al valle un aspecto menos civilizado, pero más espectacular. Hoy mismo existen bosques impenetrables como el Corón y la Matona, hábitat ideal y seguro de especies animales que sustituirán con sus cantos o aullidos el golpe de las hachas y con sus recorridos los surcos de los arados.

No sé si es una utopía apocalíptica o ecológica, no sé si es un deseo o un temor pero cabe imaginar algún día un retroceso  al valle boscoso y virgen que contemplaron hace más de mil años los primeros pobladores de esta parte del Porma alto.  No estaremos para verlo ni , por lo tanto, para sentirlo o admirarlo.

El acebo enlos Valles. Un símbolo de protección y esperanza

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