El otoño veraniego de 2011

Otoño 2011 Pallide

Antiguamente se decía “el tiempo está loco” y ahora se dice “es el cambio climático.  Sea locura o fenómeno de la naturaleza que se rebela contra su destrucción  la cosa es que este verano y otoño han sido excepcionales  en Pallide. Hoy, a día 6 de octubre, no ha llovido en meses y la temperatura es similar a la de julio. Todo esto no casa con los recuerdos de los mayores, que siempre recuerdan septiembre y octubre con sus tormentas, sus lluvias persistentes, sus neblinas y su frío. Incluso era normal ver la nieve en los altos por el Pilar.

Ha sido un tiempo muy bueno para los veraneantes, para los jubilados, incluso para las obras, pero fatal para los agricultores de la zona. Terrenos marrones, praderas secas, árboles con hojas ajadas y peñas desnudas de verde. La sequía ha adelantado la caída otoñal de la hoja. Solamente algunos otoños alrededor de la presa de riego forman unos oasis verdes en este erial de otoño.

Las fuentes del pueblo han aguantado la sequía porque sus vetas en las Grandas o Traviesas  son profundas, pero otras muchas fuentes  se han agotado o presentan  un escaso hilo de agua.

Ha sido también un mal año para la fruta. En mayo, una helada imprevista quemó las flores que presentaban un prometedor verano. Solamente, en la parte alta del pueblo hay algunos árboles con ciruelos, manzanas y peras. Incluso apenas ha habido moras y andrines. Todo ello se une al abandono de los árboles frutales por la falta de mano de obra que se encargue de podarlos, regarlos y sulfatarlos.

Pero la vida sigue con esa placidez cercana a la sensación ocasional de soledad y al abandono. Durante este tiempo se han mejorado las entradas y salidas al pueblo con aceras y andenes, se está recuperando el toril con nuevo tejado y todo el pueblo presenta un estado de limpieza envidiable. Siguen diversas obras de restauración en domicilios particulares que colaboran tanto a al estética como a la actividad del pueblo.

Por el camino de la Vega se han instalado o bancos para reposo de los abundantes caminantes que eligen ese  itinerario para sus paseos diarios. Cuando hay niños son necesarios los columpios; cuando abundan los mayores, bancos, poyos, aceras. Esa es la dinámica de la vida. De todos modos los que hemos marchado y cuando volvemos hemos ido viendo cómo nuestras fincas particulares han sido engullidas por alambrados que las convierten en comunes ( Remolina, Regueros, Fon fría, Traviesas, Espinaredo)  nos consolamos sabiendo que esos beneficios repercuten en la mejora del pueblo. También es verdad que nos gustaría algún agradecimiento expreso.

Y, como estamos de obras, me permito a título individual alguna sugerencia dirigida con todo respeto a quien corresponda: una ligera pintura del Cementerio, una estética de piedra en los pilones o un arreglillo al tejado de la Iglesia.

Novedades relacionadas con la salud de los vecinos también las ha habido: Deseamos a Julia, Alfredo y Demetrio su recuperación total.

Durante este verano se ha consolidado definitivamente la apertura del bar. Desde ahora ofrecerá un lugar de convivencia a los vecinos y un refugio para la buena comida y bebida para los visitantes. En un pueblo pequeño el bar representa una referencia necesaria que hace más fácil la supervivencia en los oscuros y duros días de invierno y que alegra y da vida a las calles solitarias de los pueblos pequeños.

Y en este tiempo nos vienen, como siempre, los recuerdos de hace años.  Las tormentas de la primera quincena de septiembre que recargaban el seco cauce del río, la poda de los chopos, la recogida de la leña y de las patatas, el alegre agrupamiento de los pastores en los otoños frente a hogueras que asaban manzanas, patatas y cebollas a veces de huertos ajenos, las cuartas trabajosas para abonar las tierras y prados.  La bajada a pie hasta Boñar para la feria del otoño, la marcha de los estudiantes, la apertura de la escuela y el encuentro con las madreñas para caminar por unas calles llenas de barro, la subida a la Biesca para aprovisionarse de “hijadas” o de avellanas………..

Las noches más largas y el trabajo más corto preparaban las reuniones en la hornera, en los portalones o en la barrera y siempre al calor de la cocina. Hoy deseamos a los vecinos permanentes, que estamos con ellos en el recuerdo y que les agradecemos su presencia casi heroica en el paréntesis del  invierno.

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