Días de ayer y de hoy I

Días de ayer y de hoy I


El pueblo ha cambiado profundamente en estos setenta años. Para escenificar ese cambio  vamos a dedicar las dos próximas entradas a comparar la vida diaria de 1950 con la de 2011… Con esa finalidad, echamos mano de la imaginación y con la estrategia de Gran Hermano y de la máquina del tiempo, situamos cámaras en el alto de la peña Lende y en el perímetro del pueblo y vamos contando lo que las cámaras nos transmiten durante las 24 horas de un día de verano y otro de invierno. En los setenta años de esta historia han habitado o habitan en Pallide 326 personas. Esos son los actores de la representación y el valle su escenario.

Para hacerlo más sencillo y breve lo vamos a distribuir en dos entradas. En la primera, analizamos “las mañanas” de cada uno de los dos días; en la segunda “las tardes”.

Las mañanas

La mañana del mes de julio de 1950.

Amanecer

A las cinco horas la cámara de la peña Lende nos trasmite el panorama general del valle. El pueblo, que se intuye en la neblina anterior al amanecer, se percibe difuso en total oscuridad. El ladrido lejano de un perro nos indica que hay actividad y alguien que no duerme. A lo lejos, en el fondo de los Valles, cencerros de diferentes tonos nos llevan a unas 120 novillas que están a punto de despertar Unos metros más arriba, cerca del chozo viejo, otros cencerros más suaves nos sitúan  en un redil vigilado por dos mastines en el que  duermen más de 300 ovejas merinas, esquiladas y marcadas a fuego con la señal del dueño. En las camas de escoba del chozo y la caseta duermen los pastores: Marciano y su familia en el chozo; Eugenio y tío Tomás en la caseta.streaming Valerian and the City of a Thousand Planets film

A esa hora solo Santos el de Severino camina por la Vega para cortar el agua de riego que le toca a las cinco. Un poco más arriba Fernando hace lo mismo con el agua del Reguero.

Estamos a 21 de julio y ya la mayoría de vecinos ha finalizado la yerba; sólo quedan algunos remates. Por eso el panorama de los praos es de marallos marcados por la típica curva de siega de la guadaña. Entre ellos, grandes extensiones de tierras de cereal ya madurando, huertas de patatas, lentejas y garbanzos ya granados y huertos al lado del camino de la Vega con berzas, cebollas, ajos y lechugas. Los terrenos comunes y pacederos ya están pastados, salvo las Traviesas que se abren para Santiago, y comienzan a presentar el marrón del tiempo seco.

El trabajo espera

A esa hora, el pueblo comienza ya a despertar. Más de una veintena de gallos, desde todos los ángulos del pueblo, ponen en funcionamiento los gallineros de cada una de las 30 casas habitadas por unos 180  vecinos. Las primeras señales de que los humanos despiertan son las tenues luces que se cuelan por las ventanas y la treintena de chimeneas que progresivamente van ahumando el paisaje. Los bramidos de alguna vaca llamando a su ternero recién parido nos señalan que los animales también empiezan a despertar.

Primero se levantan los adultos. Las mujeres van prendiendo la cocina de leña para preparar los desayunos mientras los demás adultos se dirigen a la cuadra para limpiar el abono nocturno con la arralladera, cargarlo con la pala y sacarlo al abonal, al lado de la cuadra y de la casa. Seguidamente, sentados en la tajuela, ordeñarán algunas de las vacas que tengan leche en ese momento, que no son muchas, o pondrán a mamar a sus jatines.

Mientras tanto se van levantando con gran esfuerzo los niños que tendrán que ir con las vacas o veceras. Siguen en sus  camas la docena de rapaces menores de seis años que en ese momento tiene el pueblo. Todos juntos desayunan las sopas de leche, lomo o sopa de ajo. Y comienza el desfile de  vacas, organizadas en unos treinta grupos  integrados desde 4 a doce animales, que arreadas con la hijada de Víctor, Julia, Toribio, Carola, Tomás, Antonio, Gonzalo, Alfredo, Demetrio,……….salen a los pastos por San Roque, el Fontano, o el Era del Barrio y van extendiéndose por los pacederos y comunes de Solapeña, Moroquil, Nasos, Remolina, Fejinas, los Ejidos,…… Los niños con sus varas y navaja, las mujeres con su bolso para hacer tareas mientras guardan las vacas, los hombres con sus gorras y cigarros, los mayores montados en el paciente burro. Y siempre hablando y ordenando a los animales: arre, jo, vamos, para…….. O embiscando al perro que  es urgido para morder en la patas y el rabo de las rebeldes y lentas. Algunos, como Pepe, Fernando o Alfredo suelen cantar y otros silban las canciones de moda como “siete cascabeles” o “ las tres cruces”.

Las beceras y la mina

Un poco más tarde se congrega en la Era del Barrio la vecera de vacas, formada por las horras, escosadas o jóvenes. Antonio y Vicente son los dos vecinos que juntan la vecera y, por los Ejidos, las llevan al Moroquil. Otras vacas quedan  en casa: recién paridas, enfermas o las que tienen que trabajar uncidas al yugo para llevar el abono o arar las patatas.

En el puerto de Remolina Eugenio y tío Tomás se han levantado, encendido la chimenea, calentado la leche conservada en botella en la fría fuente y comienzan a carear las novillas hoy hacia la Mata del Trigal. Marciano y su familia hacen lo mismo hacia los Valles.

A las seis, un camión viene por San Roque; es Población que trae material y mineros. En el pueblo varios vecinos  Tino, Juan, Pepe,….se suben para  continuar camino hacia la mina de la mata del Espino. A los treinta minutos los baldes van bajando el carbón desde la mina hasta el Cargue y el camión proseguirá su trasiego desde la Cudiadiella a Boñar. En sentido contrario, Consuelo y Vicente andando y Efraín en bici se dirigen a Armada para coger el coche de línea que les llevará a Boñar. En la Bargaña se encuentran con varios vecinos que también bajan por las Cuartas desde los pueblos de arriba. Durante el resto de la mañana, dos coches y una moto suben o bajan desde Reyero.

Las calles del pueblo, con tanta vecera y tanto animal, no están en realidad muy limpias; tendrán que esperar al día de Santiago el trabajo de buenos valeos, sobre todo en la bolera y cerca de la Iglesia, pero volverán a mancharse al próximo día, aunque, mientras no llueva, no habrá barro..

Otras labores

Mozos de los sesenta

En algún caso coinciden con los pocos vecinos que en esas fechas, armados de guadañas y gachapos, se dirigen a segar a las escasas fincas que quedan en pié. Al poco rato el ruido de las guadañas cuando se afilan nos orienta hacia sus lugares de trabajo. Al tiempo Honorato, el tío Colás  y el tío Indalecio están unciendo la pareja para unirla al carro con sardos, ya desarmados los armantes de la hierba, para sacar el abono en unos casos y en otro para arar las patatas. Los abonales de la Bargaña o la Puente son su destino y van acumulando el abono del verano para repartirla de nuevo en  otoño. El lento movimiento del carro va dando vida y trasiego a los caminos y el regular trabajo del arado a los patatales.

En las Cuartas German y Melquíades están limpiando la presa de riego. Tío  Segundo y Fausto en la Vega, arreglan la seve que tenía portilleras; Santos de Severino y Fernando atienden a sus riegos en la Vega y el Prado Luengo; por el Pando suben Marcos y Aníbal que se dirigen a la Biesca con el fin de cortar unas hijadas y algunos mangos para las tareas de la era. Aprovechando que tiene las vacas para Remolina, Cándido y Emilio, recogen piedras de cuarzo para reponer las perdidas en la base del trillo.

Mas beceras.

Hacia las ocho se comienzan a organizar otras veceras. Las ovejas se reúnen en la barrera al llamado del turullo del pastor Ramón, una vez que ha desayunado y cargado en la zurrona el pan y comida que le corresponde en la casa vecinal que le toca por riguroso turno.

Desde  cada corte, en grupos de diez a quince, van saliendo los hatajos que juntos subirán por el  Pando y por la Fuentes del Ferrero iniciaran el viaje hacia Remolina.

Poco después se juntan, desde las cortes, un centenar de corderos que, guiados por Manolo y Pepe, inician su camino hacia Entre las Sierras a través de la barrera..

Un poco más tarde Isidoro abre la corte común donde duermen una docena de sementales y los conduce por San Roque  hacia los pastos de las Tajadas.

Finalmente, los jatos al cuidado de Alfredín, Indalecio, Ángel…….se reúnen saltarines y nerviosos a iniciarse en la pación en la ternalera. Para completar el movimiento de los animales, las gallinas abandonan sus refugios caseros y picotean por la calle y alrededor de las casas, sobre todo en la reguera que está abierta.

Mientras tanto tío Felipe y tío Maximino y otros vecinos mayores riegan, sajan y cuidan con mimo sus respectivos huertos. Alguno vemos que va para casa con un buen lote de lechugas y acelgas. También vemos cómo, entre otros, Francisco y Valeriano siegan a guadaña el otoño de la Era del Barrio, lo meten en sacos bien apretados, lo suben al burro y lo llevan para casa para las vacas que se han quedado o para completar la pación de las que vuelven a mediodía.

Es increíble para los que miramos el pueblo hoy, pero ese día, como todos, el campo se llenaba completamente de actividad, de animales y personas.   No hay punto alguno en todo el valle sin niños, mujeres, hombre, jóvenes o viejos y animales; los que caminan se encuentran y paran  a hablar o  a echar un cigarro; los pastores se reúnen en grupos y los más jóvenes juegan a la navaja o a la estaca; los niños que acompañan a sus padres juegan o se pelean. Pero todos trabajan y transforman con su trabajo el paisaje y ejercitan la convivencia y la comunicación..

Otros movimientos, otros sonidos

Mientras tanto las cámaras del pueblo nos presentan otros movimientos y sonidos:

Hacia las 10, una persona vestida de negro sube desde la casa rectoral hasta la Iglesia; es el cura  Cándido Escanciano, natural de Prioro. Al poco suenan la campana grande durante un rato y unos minutos después el repique da los tres sonidos que indica que la misa empieza. Una decena de mujeres y algún hombre siguen la misa que ese día se aplicará por algún familiar difunto. Un poco después otra figura femenina y fumadora sube por la misma calle, se sienta un rato en el poyo de la rectoral, como cada día, y se dirige hacia el bar de tía Faustina. Es tía Caya con su botella.

Mientras tanto las mujeres que se han quedado en casa cuecen patatas y berzas para alimentar a los gochos, cuyos gruñidos y olor llena los portalones desde sus cubiles. Al tiempo María, Encarnación, Juana, Concepción, Flora, Rosario, Modesta, Castorina,…….inician la tarea diaria de preparar el cocido en el puchero lento a fugo de la cocina.   Otras, con un cesto o balde lleno de ropa, se dirigen al Fontano, como Coralia, Tía Encarnación, Fructuosa, Gabriela, Chon , Carmen,…..otras bajan hacia entre los molines, como Josefa, Consuelo o Beatriz y otras se dirigen a la Canal, como Ascensión, Rosa, Brígida o Bernarda. Allí lavan la ropa y la extienden en diferentes praderas, espinos o cuerdas para que  se seque.

El humo que sale por tres chimeneas de horneras del pueblo nos indica que Pura, Bernarda y María  la de tío Maximiano están preparando el horno para amasar el pan de cada quincena. Es un trabajo duro en especial en este día caluroso de julio, pero dentro de unos días es la fiesta y todavía no existen los panaderos. En el corral de Maximino y en el de Froilan, Catalina y  Dolores han sacado los colchones de lana, los han abierto y extendido y, con varas, varean la lana para que no se apelmace y los invitados a la fiesta duerman a gusto.

Cerca del pilón vemos a Antonio que saca con cuidado del toril, el toro impresionante y, ante la mirada curiosa de varios niños, lo encamina a cubrir la vaca de Elías que andaba tora y se ha quedado en casa para no incordiar a las demás. El toro bebe agua y vuelve a su sitio hasta la próxima. Pero no todos los niños están  mirando al toro; hay dos niños recién nacidos, además de dos madres en diferentes etapas de embarazo. La cuna hecha en casa o un minimalista tacatá sirve para que los niños acompañen a sus madres en las tareas de casa mientras chupan un trapo impregnado de azúcar o miel. Las dos embarazadas ya han hablado con tía Victoriana para preparar el parto.

Como a las 12 vemos a Pepe el correo, con su caballo, que ha recogido la valija que  Fernando o Emilio le han entregado de Vegamián, distribuir cartas y papeles oficiales, los dos periódicos y las tres revistas del “ El Santo” muy de moda entre las mujeres del pueblo.

Sobre las 10 horas vemos a Jesús, Santiago, Demetrio…….que portan una cesta con destino a los praos que se están segando para llevar la merienda de las diez a los segadores. Mientras, Vicente, que se ha quedado en casa mientras María ha ido con las vacas, monta su silla al revés, saca su caja, engarza su máquina y comienza, en el portalón a ejercer su oficio de peluquero sobre las cabezas y barba de tío Nicasio, Valeriano, Marcelino, Antonio…… y los que se acercan para estar presentables el día de la fiesta. Es curioso cómo afila la navaja en su cinto.  Cerca de allí, en la barrera, a media mañana, se reúnen una media docena de gente que en ese momento ha terminado sus tareas y, desde allí observan, discuten, proyectan.

La vuelta a casa. El paréntesis del mediodía

Y, con esto el calor aprieta y va llegando el mediodía y el éxodo hacia fuera se dirige hacía adentro. Vuelven las vacas particulares mascando, la becera de vacas llega desde la Puente, después de haber bebido tanto los animales como los pastores agua en el río. Los segadores, los pastores, los cultivadores de huerto, los que estaban regando o arreglando seves van acercándose solos o en grupos hacia sus casas, hasta que el campo queda vacío. Algunos pasan brevemente por el bar de tía Faustina.

A esa hora, allá en el campo, los mineros han interrumpido su trabajo, se han lavado las manos y cara renegridas y se ponen a comer a la sombra, en espera de una corta siesta. Las novillas del puerto han vuelto a los portales, las ovejas y merinas a sus sextil y sus pastores han tomado posesión del chozo, de la caseta o del peñón de fuente del Vaso. Unas horas de descanso en la que todo para.

Los sementales sestean en el peñón de los sementales del Moroquil, los corderos en la peña Loja y sus pastores dan cuenta de la merienda hasta que la sombra de la peña llegue a los Arenales.

Pero hay alguna excepción. Por la orilla del río sube un rapaz, creo que es Quiades, de vez en cuando se agacha y recoge algo del suelo. Aunque la cámara no lo ve recoge las truchas que Melquíades y Santos, su hermano, están pescando en los Recodos para la comida del día de Santiago.

Por lo demás, las vacas dormitan en sus cuadras, los perros en el corral, las gallinas en sus varas, los cerdos en sus cubiles, mientras los que han trabajado dan buena cuenta del puchero en familia y duermen una merecida siesta.

Las mañanas del mes de julio de 2011.

Un nuevo paisaje

Pradoluengo en invierno

La misma cámara en la peña Lende, pero su lente nos transmite   un paisaje muy distinto al de 1950, incluso a la luz difusa  previa a  las primeras  horas de la mañana. Vemos el pueblo iluminado con potentes luces en los lugares estratégicos, que barren trozos de calle limpias y asfaltadas.  No se ven apenas caserones y la mayoría de los tejados han vuelto a la teja tradicional o a la pizarra pero en todos ellos destacan las antenas de los medios de comunicación. Varias casas totalmente renovadas se entreven en el antiguo perímetro del pueblo. Dos pararrayos estratégicamente situados vigilan las tormentas y atenúan el miedo ancestral al rayo cuando retumban los truenos de peña en peña y los relámpagos iluminan el valle de punta a  punta. Lo recuerdan bien algunos vecinos que han recibido personalmente su visita. Algunos chopos de la Era de Barrio también son testigos de su presencia. El ladrido aislado y reiterado de un perro, que posiblemente huele la cercanía de jabalíes o rebecos, o incluso del goloso oso, que ha visitado alguna colmena  últimamente  nos indica que estamos en zona habitada. Algún gallo suelto cacarea al amanecer en su reducido harén.

El paisaje que se observa al romper el sol desde la peña de las Pintas en la de tía Josefona  (Alba buena) es de grandes praos, praderas y huertas de hierba que han sido segadas.  Los montes han crecido acercándose al pueblo. La marca de las segadoras y cosechadoras aparece como un mosaico geométrico vegetal desde la Bargaña a la Vega; desde Llombo a la Cudiadiella.. Solamente restan algunos trozos sin segar. De finca en finca gigantescas bolsas de plástico blanco o negro que aíslan la hierba en su interior se amontonan cerca de los caminos, en las praderas. Otras veces son rollos apretados y cerrados por una redecilla los que se extienden en los prados segados en espera de ser recogidos por potentes tractores.. El río se observa como una línea de verde formada por  salgueras y maleza que crecen sin tregua, pero, si acercamos la cámara, comprobamos que sus aguas bajan escasas por la fecha, y además contaminadas, a pesar de la depuradora impoluta que aparece en la entrada de la Era del Barrio; el río está muerto.

En el lejano Tresmonte, restos de excavaciones, escombreras y mueldas  nos indican que allí han estado las minas, bajo tierra y a cielo abierto. La naturaleza ha llenado con una hermosa laguna un gigantesco socavón.

No hay fincas de cultivo, salvo algún pequeño huerto en la Vega o cerca de las casas. Demetrio, Fonso, Santos, Ángel, Tomás, Jesús, Merche, el asturiano o Tiano son los cultivadores.

Decenas de animales habitan la noche. Las vacas de Indalecio, Toño o Alfredo pasan la noche en el campo, cerradas por inflexibles y eficaces  pastores eléctricos. Ese trasiego de la casa al pasto y viceversa tan animado en los 50 ha desaparecido. Algunos cencerros nos indican su presencia en la neblina. En Remolina, rodeadas por un amplio cierre de alambre con pinchos que separan la propiedad de Pallide con Solle, Linares, Lois y Reyero, las novillas duermen plácidamente en grupos o solas en  el lugar en el que la noche las ha sorprendido. La hierba aplastada y alguna boñiga serán el único resto de su cálida y efímera cama.

Amanece

Al amanecer, nada parece moverse hasta que, lentamente, las novillas se desperezan en un careo libre y las vacas comienzan a pacer aprovechando la fresca y esperando al dueño que las devuelva al pueblo para el ordeño y el pienso. En la peña Loja, un rebaño de cabras vagabundea, acompañado por un gigantesco mastín. Los bramidos de la recién paridas ponen un tinte de urgencia y de romanticismo al silencio de la madrugada.

Por la carretera que atraviesa el pueblo comienza el trasiego de coches o furgonetas en ambas direcciones. Unos llevan a personas del valle al trabajo hacia la ciudad y otros transportan a quienes vienen a trabajar aquí en las obras o servicios. Ese tránsito perdurará, con una cadencia constante,  toda la mañana. Por el cielo los aviones dejan una estela blanca e incluso a esa hora, pueden oirse. El helicóptero de vigilancia  contra incendios pasa rozando los pinos de las Grandas.

Sube la neblina desde el río y Eduardo, Daniel o Toño recogen o esperan el ganado que debe ser ordeñado. Si están lejos del pueblo se acercan hasta ellos con el coche y las empujan con el ruido del motor y el claxon. Perros grandes acompañan y vigilan al grupo.  Unos momentos después el ruido del motor de las ordeñadoras nos indica que los litros de leche están pasando desde la ubre de las vacas a  los tanques frigoríficos, donde los recogerá una cuba cada dos días.

En el Moroquil, una legión de vacas de cuernos finos y piel marrón, pululan desde Fonfría hasta la Cuerda; desde las Peñicas a Grandapodre. Como en el caso de Arianes y los Nasos son reses ajenas que pacen el terreno arrendado, cercadas también por largos alambrados de alambre de espino. Unos nuevos y modernos portales y dos pilones son su centro de gravedad cerca de Fonfría. Más hacia el Oeste, desde la Peña Lende, la cámara nos ofrece el nuevo paisaje del lago del pantano del Porma, en el que se reflejan como en un espejo la peñas de Susarón y de Armada.

Los caminos aparecen bien marcados y saneados. Comunican el pueblo comodamente en coche con los mismos portales, con Liébana, con la peña Liviana, con los Regueros o con el Moroquil, pero su tránsito en toda la mañana es muy escaso. Al final de la mañana vemos el coche de Eduardo que por el camino Carro va a realizar su visita periódica a los animales del puerto.

El jeep de los guardias civiles de Lillo y  la furgoneta de los guardas del río, hace una parada rutinaria en el alto de San Roque para fumar un cigarro e intercambiar información.

Trabajos y días

Colaborando en todo el trabajo,  Josefa, Asunción, Amaya, Aurora……..van preparando el desayuno con la leche que ya no es la de casa, sino que  han adquirido en los supermercados. Las vacas, ordeñadas y consumido el pienso mañanero, vuelven al campo amplio de forma libre o controladas por el alambrado eléctrico, sin la presencia constante de sus pastores.

A las vacas, unas cincuenta, hay que añadir  novillas, jatos y otros animales como cabras. Algunas gallinas escarban cerca de la carretera o en los corrales. Me da la impresión que hay tantos animales como cuando éramos treinta vecinos, pero se notan mucho menos. Por el campo pastan también una decena  de  inmóviles caballos y yeguas, esperando que Félix, Fonso, Basilio, Pepín , Eduardo o Pablo los monten. Pero ya no vemos ningún burro, parsimonioso habitante de cada una de la treintena de cuadras en los 50.A lo cimero del pueblo, en un establo cómodo y ventilado duerme y engorda el cerdo que la familia de Indalecio matará al llegar el invierno.

Por la mañana temprano han comenzado a llegar algunos trabajadores que  se dedican a restaurar algunas de las nuevas casas del pueblo; son de otros pueblos, incluso inmigrantes, pero, de momento, forman parte de esta pequeña comunidad durante meses y su presencia siempre es saludada. Las furgonetas descargan el material y comienza el ruído de hormigoneras y gruas en dos nuevas casas. Como pronto es la fiesta el encargado de limpieza del Ayuntamiento, retoca las calles, quita las hierbas de las orillas, arregla las pequeñas averías. Vemos al camión de la basura recogiendo los contenedores, pero las calles permanecen vacías y silenciosas la mayor parte del día. Me imagino el bar de Chon congregando, como hace años en estas fechas, mañana y tarde, a  vecinos, veraneantes  y visitantes que llenaban con sus coches los aparcamientos de alrededor.

Hacia las diez, D. José el cura, lleva su coche a la entrada de la iglesia, toca la campana mayor tirando de la cadena desde el coro y repica para empezar una misa tan escasa de feligreses que a veces es individual, pero algunos agradecen que mantenga su presencia con más de ochenta años.

Durante la mañana, los coches siguen pasando hacia los pueblos de arriba o quedándose en el pueblo. Habitualmente suben el camión de la leche y dos panaderos que, incompresiblemente, hacen negocio cada día con los pocos vecinos habitantes.

Además de los vecinos estables:    Indalecio, Daniel, Aurora, Asunción, Toño,  Alfredo, Josefa, Eduardo, Manolo, German, Demetrio, Sitas, Merce, Mari………el pueblo aumenta con los que regresan en los meses de el verano porque estan jubilados o por vacaciones.  Estamos viendo a la familia de tío Mino, a Roque y Elvira, a Gonzalo y familia, el asturiano, Julia, a María, las hijas de Rafael, la casa de Milagros, Gabino, Nano y Trini,…………… En varias casas vive habitualmente una sola persona: Merche, Demetrio, María, Julia, Sitas, German, Mari, Manolo, Piedad, Pilar.

Dos niños del pueblo a los que no soy ya capaz de situar familiarmente y algunos veraneantes ponen una nota de juegos en las calles, con sus bicicletas. Incluso vemos a dos de ellos practicando el antiguo deporte de cazar renacuajos en el pilón del toril sin darse cabal cuenta del peligro de las avispas que vuelan nerviosas a su alrededor. Además ahora tienen cinco pilones para elegir su lugar de pesca.

La vida continúa

Los años 90

Durante la mañana, además de las vacas y novillas del campo, vemos a  los vecinos estables que completan algunas tareas con su tractor: Eduardo monta el cierre del pastor eléctrico; Indalecio y Daniel arreglan una pared de la casa; Toño saca parte de abono a los abonales. Unos terminan la siega y recogida que se realiza casi simultaneamente. A media mañana  un tractor potente con su gigantesco disco  da cuenta en media hora de uno de los prados de la Bargaña, también vemos el trabajo rápido de las empacadoras y de las enrrolladoras que ya rematan la faena de la hierba, comenzada en época más temprana que en los cincuenta y finalizada mucho antes.  Algunos vecinos que ya no viven constantemente en el pueblo ni tienen ganado como Santos, Johan, Fonso recogen la hierba y la colocan en el mercado. Vemos un camión cargando pacas en la finca del Pandil Quemado y un remolque conducido por Miguel, el hermano de Toño trasportando las últimas por camino Carro

Los pequeños y escasos huertos son cultivados con esmero por sus dueños: Eduardo, Fonso, Tiano, Ángel, Demetrio, Merche, German,……Pero los abundantes frutales se han secado y desaparecido. Los caminos aparecen solitarios y las praderas y campos habitados por la insensible y avasalladora vegetación. Los cierros, las paredes kilométricas, las seves se han derrumbado, les han nacido miles de portilleros y no hay nadie reponiéndolas. El agua sigue convirtiendo en verde grandes extensiones, pero sus presas y aguaduchos van desapareciendo. Las escobas y espinos van sustituyendo en algunas partes, los sembrados y praderas.

Antes de que caliente el sol, el paseo de la Vega o el camino Carro se llena de paseantes que aprovechan el fresco de la mañana. Así vemos a Julia, German, Sitas, Manolo, Mari,…… y algunos veraneantes como Ángeles y su marido, Piedad, Pilar, Gonzalo, Santiago…….

En las obras de las casas se emplean a fondo las cuadrillas de trabajadores, intentando aunar la tradición de la piedra y la madera con el confort moderno.. En el campo siguen las vacas en sus redes eléctricas. Las cabras de la Peña Loja aguantan el sol mañanero hasta que se quedan inmóviles en las afiladas y resbaladizas rocas al umbrío.

En el pueblo las mujeres preparan la comida variada en el microondas, la cocina de inducción o el horno eléctrico y completan sus tareas con la lavadora, el frigorífico o la aspiradora. Solamente el tendedero sigue casi como siempre, pero, salvo en invierno, las chimeneas no echan humo en la docena de casas habitadas. Los lavaderos clásicos y su actividad simplemente han desaparecido.

Hacia mediodía Indalecio el correo reparte cartas, citaciones y prensa a los pocos habitantes que hoy ya se comunican por teléfono móvil e Internet.

Cuando calienta fuerte el sol, la actividad del pueblo se apaga; es el momento para la comida que los habitantes hacen en su casa y los trabajadores en el bar o echando mano de  las tarteras. La televisión, con el telediario, la novela y la prensa rosa se convierte en el centro de la sobremesa. .Las novillas vuelven a los portales, las vacas a los portalones o sombras, los escasos perros a la cuadra o corral.

Se abre la tarde en un pueblo despoblado.

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