Comer y beber

Los años posteriores a la guerra han sido identificados, entre otras etiquetas, como “los años del hambre”. Y así fue en la mayor parte de España. Pero no en Pallide porque, como otros pueblos, disponía de un sistema autosuficiente de alimentación generado con paciencia y trabajo durante siglos. Prácticamente todo lo que se consumía, se producía en el pueblo. Por ello podía haber escasez pero no hambre.

En la alimentación, como en otros aspectos  de la vida, el fácil acceso a  los supermercados, el frigorífico, el envejecimiento de la población con el consiguiente abandono de las tareas del campo y la publicidad han terminado con esa  autonomía y ahora los habitantes de Pallide  también  comemos en Mac Donald, bebemos cocacola, encargamos Pizzas, consumimos congelados y somos adictos  a la comida basura.

Pero esto no ocurría en los años de la posguerra. Sí que existió, como en toda España, una “cartilla de racionamiento” para cada familia, que daba derecho mensualmente a una cantidad de aceite, vino, tabaco, azucar, arroz, sal y algunos alimentos más a un precio económico y en una cantidad limitada. Todo lo demás era el fruto de la variada e inteligente producción casera y nadie pasaba hambre.

Desde la perspectiva actual, esta producción casera no se puede considerar una comida sana por el exceso de grasa, alimentos curados y sal, pero es necesario tener en cuenta que el duro trabajo físico y el clima quemaban esas grasas antes de que se convirtieran en colesterol. Era una comida sana para esa vida.

Aunque los horarios de comidas variaban con las estaciones y los trabajos, podemos establecer un modelo general válido específicamente  para el verano.

Muy temprano, antes de  salir con las  vacas para que aprovecharan el fresco de la mañana, se tomaba el desayuno consistente en un buen cazo o cazuela de leche recien ordeñada y hervida, migada con abundante pan. A esas horas algun vecino echaba un cuartillo de orujo para enfrentar el día.

A media mañana, una vez trabajadas unas horas en la siega, en la leña, en la trilla o al regreso de las vacas de su pasto matinal se “echaban las diez”: pan, chorizo, jamón o lomo en aceite de la orza, queso y vino.

El casi diario cocido de garnbanzos y carne

A mediodía, el cocido diario, cocinado en el puchero o pote durante la mañana al fuego lento de la lumbre de leña. Garbanzos, chorizo y carne de cocido, androja o morcilla, tocino y el preámbulo de la sopa de fideos. El postre no era habitual: manzanas, peras o ciruelos de la cosecha y poca fruta más. Habituales eran también los potajes de lentejas, habas o patatas con costillas adobadas acompañados de un segundo de carne de la matanza, de cordero, de conejo o de pollo del corral.

Loa huertos proporcionaban la lechuga, los ajos, los nabos, las judías,las berzas y las zanahorias; las tierras labradas el trigo, las patatas, las lentejas y los garbanzos; los pastos la carne y la leche; los corrales los pollos, cerdos, huevos y conejos.

A media tarde, la merienda, con unos componentes parecidos a “las diez”, pero menos abundante. Los niños la disfrutabamos en forma de bocadillos frecuentemente con manteca, queso o miel.

Al anochecer la cena: huevos, tortilla, leche de nuevo, patatas, sopa de ajo, arroz. Muy raramente, pescado. Y el pan casero, siempre abundante. Y también la leche entera, porque la divura, lo que hoy se llama  leche desnatada, se echaba a los cerdos.

Progresivamente se fueron añadiendo a estos menús otros componentes que aportaban los vendedores desde Vegamian al comienzo en caballos y posteriormente en furgonetas.( El Manco…..) o de lo adquirido en los supermercados. Cuando las máquinas fueron sustituyendo el largo trabajo de la mañana y la tarde, desaparecieron o disminuyeron en contenido “ las diez” y las meriendas.

Las fiestas del pueblo y las machorras eran el motivo para una excepción esperada al repetido regimen alimenticio. A finales de los cincuenta los americanos enviaron a España una gran cantidad de ayuda en alimentos. A los niños de las escuelas y a las familias  de Pallide llegó la leche en polvo y un queso amarillo y blando con un sabor éxótico.

Los instrumentos de preparación de la comida eran muy simples: el sartén, el puchero y la cazuela para cocinar en el lento fuego de la cocina. La olla a presión fue una conquista importante de  tiempo libre para  las cocineras, porque, hay que decirlo, los trabajos de cocina eran función exclusiva de las mujeres.

Generalmente se comía en la cocina, cerca de la lumbre en un solo plato.El lavar la cacida era un trabajo penoso porque había que acarrear el agua desde el fontano y calentarla. Los mayores nos recordaban constantemente, cuando alguien se negaba a comer, su experiencia de compartir todos  la mesa alrededor de una misma cazuela; el que se despistaba, no comía.

En Remolina se guardaban las novillas

Para cocinar el omnipresente puchero se trasportaba el agua desde la canal, porque la del pilón era dura para los garbanzos; también de la fuente de entre los Molines. En la canal, durante el verano, era preciso esperar horas para llenar una cuerna, pues su caudal goteaba lentamente desde una hoja situada al final del tubo. Algunas veces en compañía de algún sapo.

Pero, además de las comidas caseras, había otras comidas. Los pastores de las ovejas, de los corderos o sementales  debían comer días enteros en el campo. Para ello transportaban en la morrala y en la tartera una buena hogaza de pan, chorizo, jamón, cecina, queso, huevos cocidos y vino. En el puerto de las novillas (Remolina) se cocinaba  además (leche hervida, patatas, sopas, tortillas, huevos)  en la lumbre de la caseta durante los varios dias y noches completos que le correspondía fuera de casa a cada vecino. Cuando el período de  guarda era largo, un familiar llevaba a la boca de Remolina la recarga. La leche se llevaba hervida en botellas y se conservaba en la fría fuente de los portales.

Uno de los momentos más esperados de la trilla era el de la comida que la mujer o los niños traian de casa a la era y se consumía a la sombra de la caseta o del carro.

El café formaba parte de la cartilla, pero en realidad era achicoria. El primer café de verdad lo aportaban los pastores trashumantes desde Cáceres, importado o contrabandeado de Portugal. Todos los pastores de novillas recordamos esas visitas al chozo de   Marciano donde siempre se nos obsequiaba con una taza de buen café preparado por su madre y su mujer.

Pellejo de vino

El vino acompañaba a todas las comidas porque así lo exigía el trabajo duro y el frío. Ya en el siglo XVIII se citaban cinco vecinos del pueblo que acarreaban el vino del Sur hasta los pellejos y las botas de Pallide. En los años sesenta los hermanos Rica de Boñar tomaron la alternativa.

Pellejos de vino

Buen provecho.

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