Animales irracionales

Mi perra, Zara, llevando, como siempre, el palo en la boca. Sólo posa tres patas

Además de las imprescindibles y omnipresentes vacas a las que hemos dedicado especialmente una entrada, el variopinto mundo animal que convive con los habitantes de Pallide es también merecedor de nuestra atención.

No se trata de realizar un análisis científico (porque no soy biólogo) de todos los animales que pueblan este hábitat; únicamente quiero observarlos con la mirada llana del agricultor, describirlos por si un día desaparecen y explicar la relación que tenían con los humanos del pueblo. Animales y humanos del valle tejen una red de relaciones vitales a veces amistosas, pero otras veces conflictivas e incluso crueles (vistas con los ojos de hoy) que misteriosamente sustentan un ecosistema armonioso y equilibrado. Humanos y animales se aprovechan mutuamente siguiendo las leyes sagradas y duras de la naturaleza: la adaptación al medio y  la supervivencia del más fuerte..

Para que no existan suspicacias entre ellos voy a describirlos de forma alfabética, como si de un diccionario se tratase, mezclando los animales caseros y los domésticos, los de tierra, agua y aire.

Las colmenas antiguas eran troncos vacíados.

Abejas. Los documentos del siglo XVIII hablan de varias colmenas. En el tiempo estudiado recordamos las primeras colmenas de tía Juana y el toque de campanillas por el pueblo cuando la reina se marchaba a otro sitio. Más tarde se añadieron algunos colmeneros nuevos que vendían el producto en el mercado local. Un experto en colmenas era tío Ramiro el de Vegamián, que visitaba frecuentemente el pueblo y ofrecía sus consejos profesionales a los colmeneros..

Águilas. Vivían y viven varias especies de águilas y “aguiluchos”. Durante mucho tiempo un espectacular  nido de águila real ocupó un saliente de los canalizos de la peña de Remolina. Durante años, una pareja solitaria también anidó en la cueva de la peña del Collado con vistas a la Bargaña. Cada mañana temprano su imagen vigilante destacaba en el marco ovalado de la cueva. Hoy son animales en vías de extinción y, por tanto, muy protegidos.

Buitres. No hay buitres en el territorio del pueblo. Pero, frecuentemente, grupos de ellos realizan vuelos en círculo sobre un territorio. Es la señal de que un corderillo o una res han muerto. Su capacidad de visión y olfato son proverbiales. La buitrera más cercana está en la peña de Armada, a varios kilómetros.

Burros.  Casi todo el mundo mantenía uno de esos animales resistentes, resignados y adustos. Si era macho, el capador itinerante se ocupaba de tranquilizarlo. Era una animal polivalente. Lo mismo llevaba hasta Boñar gochines encerrados en dos serones o la manteca en rollos que se dejaba montar a pelo por los niños. Aviado con  el aparejo que hemos descrito en los aperos, tirando de un pequeño carro de ruedas de goma transportaba el otoño para las vacas, bajaba maletas al coche de línea de las Cuevas o transportaba sacos del molino al pueblo y viceversa. También llevaba a los mayores tras las vacas, subía la comida a los pastores de Remolina e, incluso, participó en algunas carreras en Carnaval. El tractor le liberó de esas tareas, pero también terminó con ellos.

Caballos. Hubo pocos en esta época, unos cuatro, aunque los estatutos del Concejo de 1801 hablan de veceras de yeguas. Era el caballo del correo de Pepe, trasportaba el serré de tío Fausto, ayudaba en la trilla y llevaba al dueño a sus tareas. Hoy existen varios ejemplares únicamente con la finalidad recreativa para sus dueños.

Cabras, cabritos. Eran minoría en el rebaño general de las ovejas. Después hubo algún atajo cuidado con mimo por Manolo y actualmente pastan unas decenas en un rebaño heterogéneo y libre, vigilados por un mastín, en la peña Loja o peña Lende. Su olor característico  y fuerte se agarra  a la memoria olfativa.

Rebecos en las laderas de Mata del espino

Cerdos. Animal insustituible para la alimentación de todo el siglo XX en el pueblo. Cada vecino tenía uno o dos, criaban alguna camada de “gochines” y al final se sacrificaban en la matanza (ver entrada: Matanzas). También los estatutos del XIX hablan de veceras de cerdos. Hoy algunos se compran ya criados, alguno todavía se ceba en casa, pero prácticamente el colesterol, el frigorífico y la comida “basura” se los han llevado por delante.

Cigüeñas. Animal muy respetado. La pareja eterna que anidaba durante años en el chopo de la Era el Barrio se vio acompañada por nuevas parejas al desarrollarse la plaga de los topillos. El ruido que hacían de cortejo lo llamábamos “picar el ajo”. El único animal respetado por los cazadores. Siempre se contó la anécdota de que un año de invierno tardío, los vecinos alimentaron a la pareja cogida entre la nieve.

Codornices. Hoy se oye algún canto aislado característico que los niños traducíamos al lenguaje humano con “por por por poner……….“. Antes, en junio poblaban las praderas con infinitas voces. Cuando se segaba la hierba se destruían nidos con  docenas de huevos, que se metían en la gorra y se convertían en tortilla. Los cazadores las cazaban a partir del 15 de agosto. Al abandonarse el cultivo de cereales, las codornices no volvieron en primavera.

Conejos. Abundantes por su multiplicación. En las casas se caracterizaban por sus huras que invadían los leñares y, sobre todo, las tenadas. Su sacrificio era rápido: se cogían por las patas de atrás, se levantaban y con el revés de la mano se les daba un golpe seco tras las orejas. Cruel pero eficaz e indoloro, suponemos.

Corderos. Cada vecino cuidaba de unos diez a veinte, de acuerdo con el número de ovejas. En la época de parida, constituía una impresionante y tierna imagen la del pastor que los traía en brazos a casa y asombraba contemplar la rapidez con la que se incorporaban, mamaban y caminaban. Algunos se sacrificaban como lechales o recentales y otros pasaban a la categoría de ovejas o sementales. A las pocas semanas de nacer se incorporaban a las veceras de corderos: desde la Barrera, pastaban por entre las Sierras y sesteaban en el roquedal de Peña Loja o en la misma peña de Entre las Sierras hasta que volvían a casa cuando la sombra de la peña llegaba a los Arenales. Cada oveja y cada cordero tenía una muesca distintiva en la oreja.  Hoy, como las ovejas, ya no llenan de balidos nuestras calles.

Corzos y rebecos. Siempre los hubo, pero con la llegada del Parque Nacional de los Picos de Europa, son muy frecuentes sobre todo en la zona de Remolina. Hoy, los cazadores que  arriendan el coto son los encargados de eliminar unas cuantas piezas.

Su imagen, corriendo por las praderas o el perfil sereno sobre las peñas el Villar o Remolina, son todo un espectáculo.

Cuco. Su canto significativo y su invisibilidad de ladrón de huevos eran característicos de las primeras horas del verano, sobre todo en la zona de los Regueros. Los niños imitaban su sonido ( cu-cu-cu) para hacer moscar a las vacas.

Culebras. Dos clases. Las de río, no peligrosas, pero que asustaban cuando el pescador metía la mano en una cueva para sacar una trucha y encontraba la piel suave y escurridiza del ofidio. Las venenosas víboras, de cabeza triangular, poblaban los lugares pedregosos, pero los incidentes con humanos han sido excepcionales. Aunque todos los años se repetía la leyendas rural: Culebra muy grande vista por alguien en un leñar.

Escarabajo El principio de esta plaga de los patatales importada a comienzos de siglo es recordado por algunos viejos. Al comienzo se les cazaba individualmente recogiendo sus cadáveres en una lata. Después llegó el “sulfato” a mano con una escobilla o con una máquina de sulfatar.

Gallinas/Pollos. Cada familia tenía los suficientes para obtener huevos con la frecuencia que entonces se tomaban. Vivían en el corral, se posaban en los posaderos altos de varas, ponían sus huevos en los niales diariamente, engañadas por el “nialero” que se sustituía frecuenbtemente.  Alimentación: cadena alimenticia: restos. Sus huevos amarillos y grandes, aunque sucios un sabor no repetido en los huevos actuales. Y con las gallinas, el gallo que despertaba diariamente. El lugar de los nidos era conocido por mozos y niños para sustraer algo en los carnavales.

Cigueña en el nido de la Era del Barrio

Gatos. Había y hay muchos. Todas las puertas tenían un agujero abajo, la gatera, para permitir su paso. Muchos cazaban fuera y se hacían monteses. En casa se alimentaban con sobras o, los más cuidados, con la lata de leche recién ordeñada.

Golondrinas. Alegraba su presencia en bandadas. En algunas peñas anidaban algunas más oscuras. En el alero las de siempre. Leyenda sobre “quemar la casa” si se les quitaba el nido. Respetadas como las cigüeñas.

Grajos. Sus bandadas oscuras, incluso en invierno, con los sonidos. Su presencia, frío.

Grillos. Impresionante el cri cri de los grillos al llegar a primavera. Los niños con paja o meando los sacábamos

Jabalíes. Muy frecuentes y dañinos. Osaban donde hubiera verde o humedad. Caza a la espera, trampas mortales

Ladillas. Compañeras de la cabeza de las vacas. Hoy sabemos que no tienen más sentido que el calor y el olor. Y con ellos se arreglan, pues pueden pasar años sin comer.

Lagartos, lagartijas. Los verdes, preciosos y curiosos cargaban con la leyenda de su mortalidad. “ Picadura de lagarto, las campanas en alto; picadura de culebra, las campanas a por ella”, decíamos los rapaces. De las lagartijas perdura la estrategia de cortarse el rabo. Y esa estrategia la promovíamos como un juego.

Lobos en el Villar. Cerca de Linares

Lobos. Siempre los ha habido. En la época preecologista, anterior a Rodríguez de Fuente, el lobo era un enemigo feroz. Se organizaban cacerías y cuando era abatido, los cazadores pasaban por las casas y los vecinos les ofrecían dinero, comida etc para celebrarlo. Por el invierno se le cazaba a ala espera en la nieve. Los niños le teníamos  miedo a bajar al coche de línea, porque tambien había leyendas sobre su presencia en Arianes. Sí hubo alguna matanza de ovejas, por eso los mastines llevaban esos collares espinosos o carrancas. Hoy, algunos ataques a novillas o jatas se atribuyen al oso o perros asilvestrados.

Moscas/ mosquitos. Compañeras  muy pesadas en septiembre. Hay tres tipos de moscas. Moscas perreras: con unas patas dentadas se agarrran a las partes más sensibles de la vaca, debajo del rabo y su picor hace que mosquen levantando el rabo. A esa mosca se refería lo de “mosca perrera que te pica la culera……” La segunda clase son  las moscas de las boñigas,  negras y con vientre brillante que aparecen al segundo. Las moscas comunes  son pesadas, se posan en la comida, en los ojos de las vacas, en los lugares del vestido sudoroso; frente a ellas la paleta de plástico o el sulfato y las ventanas cerradas o las puertas con cortinas de cuerda.

Ovejas Cada vecino, tenía entre 10 a 30. Pernoctaban e hibernaban  en la corte. Para sus veceras se contrataban pastores: Garvache, Paco, Ramón. A veces, como en las épocas de partos, eran acompañados por un vecino. Salían a una hora fija de la Barrera, pasaban por la cañada de las Majadinas y las Lampas y, con diferentes careos, llegaban a Remolina, sesteaban en el textil junto a la peña de Remolina y volvían a casa por la noche por el mismo o paralelo camino. Durante la siesta los pastores comíamos en la fuente del Vaso el chorizo, la tortilla o el bocadillo que llevabamos en la morrala.

Hasta la década de los sesenta añadía un rebaño de merinas trashumantes que pastaba también en Remolina y que sesteaban bajo los robles de los Valles o del Sestilón y dormían cerca del chozo viejo con los mastines y sus amos.

Pájara san Antonio. Pájara nerviosa, compañera inseparable  de cada vaca cuando pace. Se alimenta de los saltamontes que espanta la vaca. A veces come moscas de su cabeza.

Perdices. Vivían en bandos muy territoriales. Hoy sólo quedan algunos, al desaparecer los cereales. Se cazaban a partir de septiembre incluso con nieve. Ahora las cazan los arrendatarios del coto. Era un placer observarlas cuando apeonaban con una docena de perdicines en fila india.

Perros. En cada casa había al menos uno. No eran de raza, aunque todos eran pastores o de caza. Su natalidad se controlaba “cruelmente” eliminando a los cachorros al nacer. Posteriormente se generalizó el control sanitario veterinario. Su función era la caza o ayudar en el cuidado de los animales individualmente o en las veceras. Comían del campo o las sobras de la comida  La relación de sus dueños con ellos no tiene nada que ver con  las relaciones paternalistas  de los urbanitas con sus mascotas en los pisos de la ciudad Se les quería, pero hacían una vida libre totalmente y cuando molestaban se les apartaba con contundencia y los niños teníamos como un entretenimiento “apedrear” los perros, “embiscar” unos con otros o separarles cuando la naturaleza les mantenía unidos después de reproducirse. No sé si  lo que pasa hoy con las mascotas  caninas dice más o menos de la sensibilidad de sus dueños, no estoy seguro de que mantener un perro en un piso de ochenta metros durante 23 horas sea menos cruel que la diversión de aquellos niños. Cuestión a debatir.

Pulgas Este animal omnipresente en aquellos años como los chinches, ladillas o piojos me sirve de coartada para constatar que, pese a la convivencia tan íntima con los  animales portadores frecuentes y de las dificultades para una higiene diaria, no constituyeron nunca un problema para los humanos de Pallide. Incluso, los que venían de los cuarteles o colegios, contaban y no paraban. Puede ser la resistencia creada por la exposición y contacto con los animales desde niños que generaba anticuerpos y defensas, la alimentación o el clima, pero nunca hubo, como lo hay hoy con los piojos, episodios generalizados. Sí que ha habido algún caso de enfermedad relacionada con los animales como las fiebres de malta o el quiste hiatídico.  Pasaba lo mismo con las lesiones y heridas, que desde niño se cuidaban con agua o poco más, no se seguían las estrictas normas de higiene actuales, se comía en el campo o cerca de la cuadra y sin embargo la  mortalidad no era importante por esta causa. Gente sana y resistente con buena “encarnadura”.

La leyenda lo consiedraba mortal al morder.

Ranas y sapos. Cito los sapos únicamente para contar que eran visitantes frecuentes del agua que se recogía en la canal. Vivían en el depósito y a veces bajaban hasta el caldero. También los cito para recordar que la recogida de renacuajos en el pilón y su conservación en botes era uno de los entretenimientos más corrientes en los niños de aquellos años.

Ratones Habitantes del molino y arcas de cereales y de pan de las casas. Los gatos y diversas formas de ratoneras los mantenían a raya.

Sementales. Los machos de las ovejas. Unos diez. Hasta la fecha de cubrir las ovejas vivían en una corte separada, pasaban el día en la becera en la peña Lende o el Moroquil, cuidados por un pastor. Sesteaban en una cueva cerca del Huerto la Isobana o en el llamado Peñón de los sementales en el llanico del Moroquil. Mochaban con ahinco unos con otros y hubo varios episodios, no mortales, de ataque a humanos.

Tábanos. Dos clases: Unos gordos y otros más afilados. La misma tarea: sacar sangre a las vacas o a las personas. Picadura ardiente y que deja huella. Cuando se hinchaban de sangre, a digerirla en las hojas de salguera si  antes alguno de los niños que cuidabamos las vacas delante del carro no lo habíamos estripado o atravesado por una paja para que volara.

Tejones. Dos cuevas: Peña tía Josefona con vistas a Matándana y en los Canalizos de la Peña Lende. Enemigos mortales de los garbanzales, se les cazaba con una trampa dentada que se simulaba bajo una capa superficial de tierra.

Topillos. Cada siete años, más o menos, unos topillos no autóctonos empiezan a invadir las praderas hasta convertirse en millones. Su presencia se detecta por los montoncitos de tierra que asuelan los prados y comunes. En las primeras invasiones se trató de eliminarlos con gases, venenos fortísimos o trampas individuales. No hubo forma. Pasado el tiempo, los animales depredadores aumentan: hurones, zorros, cigüeñas y la misma naturaleza les hace desparecer sin saber cómo. Pasado el tiempo, el ciclo se repite. Una leyenda rural afirma que son las casas de insecticidas los que sueltan la primera pareja, que se reproduce en proporción geométrica. En otros valles y zonas sucede lo mismo.

Zorros. Había dos o tres parejas. Hoy todavía se ven porque la invasión  de topillos ha aumentado también a sus captores. Se les cazaba sobre todo en invierno. Se rastreaba con carne la nieve hasta un lugar donde se le esperaba por la noche a la luz de la luna y con la escopeta de postas. El zorro era un animal muy disecado por la zona y su piel se utilizaba para cubrir las melenas.

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